Web personal de Narwhal Tabarca

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“El perfume” Patrick Süskind

4, abril 2007 —

 

La innata obsesión del hombre por un absoluto le puede llevar a descubrirse así mismo, y a destruirse.

Grenoille es una artista. ¿Qué diferencia hay entre él, siendo un perfumista excepcional, y el poeta del cuento de Borges?. Ninguna. Encuentro una misma obsesión entre ambos: el arte en estado puro, en el cual – y solamente en él – la humanidad se rinde, se deja embriagar del mensaje que transmite, sucumbe a su merced y se transforma. Es ahí donde el arte ve y repira su verdadero sentido: en la transformación del hombre, en la revolución. La crisis de lo falsamente objetivo en una sola expresión, la libertad que se ofrece tras la manipulación que el arte puro ejerce sobre el hombre.

No hay contrasentido en lo que digo: Libertad surgida de la manipulación. Todo lo contrario; el hombre – que ya vive manipulado por un medio que le es hostil – se deja seducir por el arte – como espejo hacia sí mismo - y así se descubre en sus miedos, sus anhelos, su propias emociones y sus energías desapercibidas.

En esta línea, al final de la novela, el pueblo entero, hechizado por el Perfume o la Esencia definitiva, se acepta en sus propios vicios, tentaciones, temores y deseos. Unos lloran, otros sienten una ternura atroz, otros (los más) fornican. A esta manupulación me refiero, cada cual recibe el aroma según él mismo. Quienes lloran se sienten culpables por la crueldad del sistema, los tiernos ahora quizá fueran malévolos ciudadanos cegados por la ira antes, los fornicadores, amantes reprimidos.

El arte puro, entonces, se presenta aquí como un acceso a la duda, a la esencia perdida del hombre/mujer, a la libertad impune, en definitiva, a la utopía.

No he visto la película aún. Sin embargo, recomiendo esta novela tan conocida.

                                   (Tirajana, 6 de agosto de 2005)

 

Un fuerte abrazo,

Santiago Tabarca.

Que no nos venza la costumbre (sobre Yeremi Vargas).

4, abril 2007

 

C.S. Lewis decía muchas cosas, pero entre ellas que el mayor enemigo del hombre es la costumbre. Ante la novedad sentimos sorpresa de niños que por mentes tienen albas vírgenes. Deberíamos ser de piedra si no nos afecta la ilusión con que un crío nos enseña un pájaro. Es la admiración, al fin y al cabo, lo que nos hace jóvenes eternamente. Sin ella, la curiosidad se convierte en una falacia.

Vemos miles de carteles en todas partes que nos alientan en la búsqueda de un niño desaparecido. Nos llenamos de duda, de miedo y de indiganción. Le dedicamos algunos pensamientos furtivos en el trabajo, en el coche o en casa. Comentamos su pérdida repentina intentándo ponernos en la piel de los jóvenes padres que aún lo esperan para la cena, y, sin embargo, nos puede la costumbre. La maldita manía de hacer cotidiano lo inversosimil, el adormecimiento del alma que nos hace ser apenas un suspiro de humo en una hoguera.

Compañeros, un niño se ha perdido. Recordemos esto cada día. No podemos ceder ante los acontecimientos. ¡Se ha perdido un niño!, ¿nos damos cuenta qué significa esto?, se ha perdido un niño, compañeros, no nos acostumbremos a su sonrisa infantilmente despoblada, a sus ojos de futuro incierto, a sus gafas. No podemos acostumbrarnos a las noches que pasan y el frío, al silencio de los padres en la intimidad de su cuarto, a la duda. No podemos dejar de admirarnos cada vez que vemos este cartel de súplica desgarradora.

 

Un fuerte abrazo.

Santiago Tabarca.

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