Web personal de Narwhal Tabarca

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Anoche estuve en la recepción de otro cayuco.

8, abril 2007 —

 

 

Queridos amigos,

Si alguno de ustedes pasó anoche por el Cuba Libro y lo vió cerrado, este fue el motivo. Recibí el mensaje del CCA sobre las 10.30 de la noche y salí para el puerto de Arguineguin. El dispositivo estaba ya montado cuando llegué, pero el cayuco estaba aún en altar mar. Entró en el muelle a la 1:15 de la madrugada.

 

 Era una barcaza de madera enorme. Quizá podría llegar a los 25 metros de eslora. Al principio me costó verla entre los brazos densos de la noche fría. Divisé primero las pinturas que la decoraban y que se presentaron como un Neptuno salido de las aguas del puerto. Miré donde debía, justo entre la patrullera de la Guardia Civil y la de Salvamento Marítimo. Dentro, había medio centenar de sombras que apenas se movía. 

 

 

Tan solo tres de los nuevos canarios, que estaban en la proa, se manejaban como marineros experimentados, lanzándole los cabos a los guardias para atracar donde debían. Hicimos una cola de voluntarios y fuimos recogiendolos de uno en uno hasta llevarlos a un lugar guarecido donde los ibamos sentando. Cuando hubo quedado vacío el cayuco, desapareció como llevado por una mano invisible. No lo volví a ver.

 Después de que fueran desnudados y vestidos con los chándales de la Cruz Roja, y habiendo recibido una bolsa con comida y un te caliente, iban pasando a una pequeña explanada entre las carpas donde Gustavo, Marcos y yo les ibamos haciendo las fichas médicas. Me senté con ellos en el suelo, nos reímos juntos, les pregunté de donde venían: “Mali, Burkina Faso, Libia, Senegal”. Al principio parecían asustados, luego ya tuvimos una conversación más distendida por señas (la mayoría hablaba francés y tengo que aprenderlo).

Hubo uno de ellos que, mientras le miraba las heridas que traía cubiertas con una gasa sucia e incrustada, me ofreció el paquete de galletas que le habíamos dado. En su mirada solo había generosidad y agradecimiento. Como es lógico, decliné el ofrecimiento con una sonrisa, pero ya el me había dado algo mucho más importante: el recuerdo de su mirada amable. 

Eran exactamente 57 inmigrantes. Todos estaban bien de salud. Se marcharon en la guagua de la Guardia Civil. No los volveré a ver, supongo.

 La Guardia Civil estuvo impecable e incluso fue muy humana con los recién llegados. Dispensaron un trato exquisito y sería injusto no mencionarlo.

Queridos compañeros, el mundo es amplio y la verdad relativa. En la noche, aún hay sombras que sufren huyendo de una muerte anunciada.

Reciban mi abrazo y mi sonrisa.

Santiago Tabarca.

Para más información sobre la noticia entren en este link: El limpia farolas . Es el autor de las fotos. Muchas gracias Sergio por inmortalizar este momento.

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