Queridos compañeros,
les he tenido un poco abandonados estos días, aunque nunca olvidados. El motivo ha sido el cambio radical que ha experimentado mi vida desde el 1 de julio. ¿Recuerdan cuando les comenté que quería entrar de Delegado Internacional de Cruz Roja en los proyectos en Africa?, pues todo va por buen camino. Desde esa fecha, el 1 de julio de 2007, soy responsable de Cooperación Internacional, Mediador Intercultural del ERIE (Equipo de Intervención Inmediata en Emergencias) y Abogado de Extranjería de la Asamblea de Cruz Roja de San Bartolomé de Tirajana. Tengo el mejor trabajo que he tenido en mi vida, con los mejores compañeros, y desempañar las labores que hacía cuando estaba de voluntario, ahora es mi medio de vida.
Lo cierto es que, si me llegan a preguntar hace un año si todo esto era posible, habría dicho que quizá algún día en el futuro. Cuando creé, junto con Carlos y Juandi, la editorial Mar Futura, o, incluso, cuando abrí el Cuba Libro, no sentí una felicidad y una ilusión mayores que las que me embargan hoy. Y quizá me duela la espalda, tal vez esté durmiendo poco en temporadas (apenas cuatro horas diarias), pero llevo en el pecho un emblema por el cual quise darlo todo cuando apenas tenía quince años: una simple cruz de color rojo. Y es esa simpleza lo que hace que todo sea importante, desde descargar un furgón lleno de cajas, hasta estar en vilo cada vez que corren rumores de la llegada de un nuevo cayuco. Es ahí donde encuentro la gran diferencia: antes me alienaba un sistema de por qués con respuestas inconvincentes, ahora a alienación es hacia una causa justa y entusiasmadora: el alivio del sufrimiento ajeno, es decir, la distribución del bienestar entre todos los que formamos esto a lo que alguien llamó humanidad.
Me vuelven a asaltar sentimientos que creí olvidados, cuando estoy llevando el uniforme no soy más que una simple cruz de color rojo, porque la Cruz Roja, en ese momento, tiene dos ojos que observan, unas manos que curan y consuelan, una piernas que corren, y un corazón que alienta. me hace feliz saber que en ese momento yo soy la Cruz Roja, que soy el pueblo en el pueblo, que no tengo más nombre que el dulce anonimato. Quizá una ayuda en copyleft, sin autor, sin egoísmo, sin imagen.
Queridos compañeros, quise dedicar mi vida a esto, y lo estoy haciendo. Cada día la empresa es algo más lejano para este joven barco que se despide sin lágrimas. Afrontará vendavales y tempestades, pero siempre habrá un trozo de tierra firme del edén al que se dirije, en su interior. La utopía nos lleva por senderos dolorosos y reconfortantes. Tenías razón Ana, cuando me cambiaste la vida con tus palabras desde la nada: “vivimos la vida que queremos vivir”, donde quiera que estés, gracias.
Reciban mi abrazo y mi sonrisa, siempre.
Narwhal Tabarca.