Web personal de Narwhal Tabarca

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Sobre la Barba de mi querido López

23, septiembre 2007 — 4 Comentarios

Queridos amigos,

Lo más característico del entrañable Super Lopez (aquel personaje que parodiaba a Superman) no eran ni el traje, ni su capa, ni la nariz mortadélica propia del mejor Ibañez, ni siquiera su torpeza, sino lo que alguien dice que se llama en italiano el “autopista di moco”, o en alemán “das bigoten”. Super López lucía un mostacho digno de admiración, casi diría entrañable. Otros bigotes ha tenido la historia, como el ridículo del titular del tercer Reich; el también paródico del genio Chaplin, o el absurdo bigote del absurdo Ansar según lo llama el propietario del mundo.

Cuatro pelos en la cara pueden caracterizar muy bien a una persona. El otro día, hablando con Desireé, una amiga de fatigas y momentos en el Bandera, me enteré de que en el lenguage de los signos, las personas son llamadas por lo que de característico tienen en su aspecto. Si usan bigote, ese será su nombre: un dedo puesto bajo la naríz. Esto mereció una reflexión que no viene del todo al caso, pero la insinuo. Hago mías las palabras de Saramago cuando decía que “hay algo dentro de nosotros que no tiene nombre, y eso es lo que somos”. Para los sordomudos los nombres no existen, ni los nombres ni los idiomas, quizá sea ese lenguage corporal el medio de comunicación más universal e igualitario, ahí lo dejo.

De bigote en bigote, las nomenglaturas van variando según las formas. Recordemos el famoso bigote del Premio Nobel de la Paz: Henry Dunant, fundador de la Cruz Roja. Un bigote señorial, elegante, sabio quisiera decir si no fuera una estupidez, sabio diría mi querido Gustavo, cargado de experiencia, inspirador de paciencia y confianza. Aquel bigote nacía de los orificios nasales y luego avanzaba hasta encontrarse con las patillas, no sin antes describir una parábola invertida bastante interesante. Y, sin embargo, no era barba su bigote.

Este post lo titulé “sobre la barba de mi querido López”. Con independencia de que Super López fuera querido también o no, en este caso hablo de otro López, mi querído López. O por mejor decir, y siendo fiel a mi promesa, no hablo sobre él, sino sobre su barba. Y es que cuando López permite que esta se exhiba en su grandeza, se permite el lujo de hacer una combinación de colores muy agradable. Digamos que la barba de López es una barba monocroma, blanquinegra, de luces y sombras, quizá una barba hecha a carboncillo. Lecho de vello negro, perilla blanca, abundante cantidad; redonda en su forma y uniforme.

Hay ocasiones en que decide mutilarse esta parte de su personalidad, sin reparo ni dolor, y entonces, López pierde toda su presencia. Verlo y no verlo se identifican e, inmediatamente, uno pierde todo interés en hablar de él, sinceramente. No me entiendan mal, no es que López no sea digno de mi admiración por nada en absoluto, es un buen contrabandista de material sanitario, aunque recomiendo que no se fíen mucho de sus linternas de lápiz blancas, pero sí es cierto que lo que más me inspira para hablar de él es el característico arbusto tras el que oculta su rostro.

No lo duden un segundo, la envidia me corroe, si yo tuviera su barba, ¡cuantas cosas contaría!.

Reciban mi abrazo y mi sonrisa,

Narwhal Tabarca

(ejercicio matinal 23/9/07)

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