Después de la tormenta.

Queridos amigos,

amanece un sábado en Asunción lleno de calma, de excesiva calma diría. Ya no me siento como un recién llegado, y las horas comienzan a reclamar mi acción. La rutina que sigo puede llegar a convertirse en tedio y no tengo razón para sentirme vulnerable. Es cierto que no conozco aún a mucha gente, y sin embargo la tentación me lleva a depender de estos pocos que me dedican su tiempo casi, quizá, por compasión. Debo cambiar mi actitud en estos lares, debo comenzar a existir, cuando la palabra existir recobra todo su sentido (ex-ire; salir de uno mismo, manifestarse). Por consiguiente, debo dar un paso adelante de autosuficiencia para empezar a ser un paraguayo más. Es la única forma de resistir un año entero en este país (acaso en cualquier pais que no sea el propio).

Si no doy este paso al frente, los días corren cubiertos de una desidia que podría llegar a ser dañina, encerrado en la habitación del hotel, sin tener a donde ir, sin saber qué hacer, buscando cosas en el internet, o leyendo, o simplemente haciendo tiempo mientras espero a que alguien se acuerde de mí. A menudo miro el blog, no tengo nuevos comentarios, y cada vez que esto sucede recuerdo cuando muchos de los que me despedí antes de mi partida me prometieron su visita y sus palabras. No les culpo, allí, en cualquier parte, todo sigue siendo lo mismo. Yo, sin embargo, comienzo a tener la tentación de convertirlo todo también en lo mismo. Me llega a molestar que entren a limpiar el cuarto, y agradezco la ocurrencia de quien inventó el cartelito de las puertas de los hoteles en las que dice aquello de “no molestar” y a las que tantas veces di la vuelta con mi hermano, haciendo trastadas de niños.

Mi hermano ha llegado a Sudamérica, pero ha errado el destino. Se fue a República Dominicana en vez de venir a Paraguay, siempre seguirán habiendo cosas que no entienda. Quizá hoy me sienta solo, y por esto me molesta su ausencia. Quizá dentro de unas horas me sienta repleto y ni siquiera me acordaré. 

Aquí todo parece distinto en ocasiones, salir del hotel puede ser una aventura si uso se deja llevar por las recomendaciones de seguridad. No vale entrar en la ducha y salir al mundo, al menos no con esta facilidad. Desde ayer llevo dándole vueltas a la cabeza si es buena idea que me monte en un taxi y que me lleve al Shopping del Sol. No sé que habrá en el Shopping del Sol, pero lo he visto varias veces desde afuera y tiene toda la pinta de ser un centro comercial como el Atlántico de Vecindario, o incluso mayor. Supongo que una vez allí todo será seguir descubriendo.

En fin, mis queridos, hay ocasiones en que es necesario revolcarse en la desidia para salir de ella con más brío. Me voy a la ducha. Les debo (para próximos posts) contarles que ya tengo casa y me dan las llaves el lunes, y ponerles fotos y algún video sobre las poblaciones de beneficiarios de Areguá. Ya les contaré.

Un abrazo, una sonrisa (de recién despierto)

 

Narwhal Tabarca.

Publicado en on 10, Mayo 2008 at 4:36 pm Comentarios (7)