Web personal de Narwhal Tabarca

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Vuelve a ser viernes.

27, junio 2008 —

Queridos amigos, hoy hace exáctamente 65 días que estoy en Paraguay. 65 días que han estado cargados de experiencias, novedades, agobios, alegrías, vuelos, aterrizajes forzosos, dolores de hombro y de hombre, añoranzas, inseguridad, aprendizaje, miedo. 65 días desde que salí de Madrid (79 desde que salí de canarias). Vine por 365 días a este pais, me quedan 300, y, sin embargo, sigo pensando que no es posible resumir la vida a tanto número. Llevo aquí el 17% del tiempo para el que me mandaron. Hay quienes dicen que ese es, aproximadamente el porcentaje de tiempo que se necesita para agarrar las riendas de tus proyectos en el extranjero. Yo no sé si será así. Sin embargo si noto que estos dos meses me han servido para mucho más de lo que vine a buscar. Lo pienso ahora, y me parece poco. 65 días en los que se condensa tantas cosas que he visto, y que sería incapaz de referir, y ustedes de soportar mi narración. Es así, creo, algo va quedando siempre dentro de uno, y es precisamente eso, lo que va quedando, lo que luego es la vida, acaso un atajo de recuerdos. Pienso, entonces, si el pasado es solo, y nada más que eso, y el futuro son planes y proyectos en el aire de los cuales convertimos en pequeñas ruinas en un campo inmenso (como si hubiese pasado Atila con sus trajes de piel de rata y su hedor inaguantable), entonces, queridos míos, me quedo con el presente. El ahora. Este momento en el que escribo, este cigarro que me fumo, esta ciudad que hoy es pasto del llanto de las nubes. No miro hacia atrás, no miro hacia adelante.

Cuando aprendí a montar en bicicleta, mi padre siempre me decía que no mirara a la rueda, porque me iba al suelo de narices. Tenía razón. Sin embargo, en la vida uno se cae de bruces si mira, justamente atrás o adelante. Es una opinión, discutible si quieren. 

Dentro de poco les quiero poner un video gracioso que grabé el otro día, y también algunas fotos de niños paraguayos. Ya saben que el retrato de niños de distintas etnias es mi debilidad.

De momento no les puedo ofrecer más que este cúmulo de pensamiento  casi inconexos.

 

Reciban mi abrazo y mi sonrisa.

 

Narwhal Tabarca.

Ya el bull terrier me mató al perrillo.

21, junio 2008 —

Queridos amigos,

He estado dándole vueltas al título de este post, y al final me he decidido por decirlo así sin más, de la forma más directa y más cruda. De la misma forma en la que anoche pegamos un brinco de la cama mi novia y yo cuando escuchamos al enano chichar, de la misma forma en la que corrimos a la sala y vimos cómo las fauces del bull terrier pendían, babeantes, sobre el cuerpillo insignificante y desesperado del pequeño pincher, de la misma forma en la que lo agarré y me mordió la mano en una histeria de supervivencia en la que pensó que mis dedos eran los dientes de su verdugo. Al fin, queridos amigos, de la misma forma en la que dejó de existir, sobre las sábanas de mi cama en donde tantas veces habíamos jugado juntos. Un último boqueo intentando recuperar el aire que se le escapaba por las perforaciones de sus pequeños pulmones, y allí quedó, como dormido. Ya no verá canarias el enano, ya no verá nada.

 

 

Queridos amigos, sé que es solo un perro, pero en la soledad de la distancia, en la que mi familia se resume a poco, entiendan que no solo es un perro. Aún no puedo creerlo. Se acabó Key, se acabó.

Un abrazo,

Narwhal Tabarca.

 

 

Tremendo descubrimiento el mío, cristiano.

15, junio 2008 —

Queridos amigos,

En primer lugar, les vuelvo a pedir disculpas por mi abandono del blog durante este tiempo. Si no he escrito, saben bien que no es porque no les haya considerado. Unas veces incumplo mi trato de tenerles informados de las cosas que me suceden, pero es, simplemente, porque otras cuestiones han consumido mi tiempo con bastante capricho.

Hoy les quiero hablar de un descubrimiento que he hecho. Estoy viviendo en Asunción, como muchos ya saben, más concretamente en una de las esquinas de la Plaza Uruguaya -curioso detalle si consideramos que Uruguay fue uno de los paises enemigos que estuvieron en la guerra de la triple alianza (junto con Argentina y Brasil) y que costó el final de la hegemonía de Paraguay. En fin, grandes cuestiones de la diplomacia, supongo y tampoco es que venga al caso ahora mismo. El hecho es que la plaza no es pequeña ni grande, una cuadra, como dicen aquí. Pues bien, al otro lado hay dos supermercados, uno de cuyo nombre no me acuerdo (y no porque no quiera), y otro llamado “El pais”. Lo cierto es que uno está frente a otro, y se deben hacer una competencia atroz. La primera vez que fui a comprar víveres para el piso entré en el primero. Era una suerte de almacén, medio vacío, con carros casi diría de hojalata cuyas ruedas giran siguiendo una teoría física que no descifro bien, quizá no giran y eso puede justificar el dolor de muñecas que tenía al día siguiente. No se, lo cierto es que aproveché y me dediqué a llenar el carro de todo cuanto vi que podía necesitar en mi casa, que estaba vacía. En estas circunstancias ya se pueden imaginar que cualquier cosa que veía tenía unas ganas tremendas de dar un salto al carro para ocupar uno de los millones de huecos que pueblan mi cocina. Y siguiendo más el instinto de las cosas que el de la prudencia, cargué el carro de líquidos, que de por sí son pesados, sin ningún tipo de reparo. Una garrafa de aceite de cinco litros, seis botellas de cerveza de uno, no se cuantas botellas de refresco, zumos, leche…. Todo ello sin contar las galletas, el champú, el azucar, la sal, en fin, no les enumero aquí mi lista de la compra porque sería aburrido. Al peso es a lo que voy, queridos amigos, al peso. Cuando pagué todo aquello y miré para las bolsas comprendí que tenía un serio problema. Pero me armé de valor. Agarré con la mano derecha el conjunto de bolsas que me pareció más liviano, el más pesado lo reservé para mi otra mano, la fuerte., y puse rumbo a casa, con más voluntad que posibles.

No hube dado cincuenta pasos cuando me di cuenta de que aquella hazaña mía no era más que un despropósito. Los brazos amenazaban con crujir y caer a ambos lados de mi cuerpo. La gente me miraba como si fuera una menina, con la falda a ambos lados, aparatosa y blanca con cientos de logotipos del supermercado que me había dejado marchar a mi suerte, y del que me separaba con muchísima menos velocidad que la pretendida. Es cierto, cuando entré en la plaza Uruguaya ya pensé que no podía seguir, lo peor es que solamente había cruzado la calle. No exagero, los brazos me dolían una barbaridad, y todos los bancos de la plaza me parecían pocos y distanciados unos de otros para poder descansar. No hacía más que pensar en qué haría en esa situación si vinieran a atracarme. Podría usar la botella de aceite como arma arrojadiza, pero para ello era necesario que los brazos tuviesen la fuerza sufiente, y ya escaseaba una barbaridad. Seguí adelante. Tardé cerca de media hora en una trayecto que, así, con el único peso del cuerpo y la ropa, se hace en cinco minutos, quizá menos.

Al día siguiente las agujetas me iban a partir los brazos, y los hombros. Estuve extenuado al menos tres días. Había descubierto algo, ir de compras sería un martirio constante. Por este motivo no pasaron menos de dos semanas hasta que decidí ir a comprar otra vez, pero en este caso cambié de supermercado. Debía haber alguna manera de hacer que las compras fueran algo llevadero, me resistía a pensar que este martiro fuera compartido por todos los habitantes de Asunción. Así que llegué al supermercado “el pais” y me senté en la puerta a observar. La gente entraba, al rato salía cargada de bolsas, yo contemplaba, y se metía en coches. Eso no me valía, no era una solución a mi problema. Así estuve, una media hora, hasta que vi una señora que entró. No reparé demasiado en ella cuando lo hizo, sin embargo si recuerdo que habló con un chico que había en la entrada. Lo que me sorprendió fue lo que sucedió cuando pagó. Vi que traía un carro acaso tan lleno como el mío, había llegado andando, luego no se iría en coche. Estuve atento mientra pagaba. En ese momento vi cómo le hacía una señal al chico con el que había hablado minutos antes, y este, no se de donde, ni se de qué manera, se acercó con un carro enorme, de estructura extraña, y ruedas neumáticas. Recogió todas las bolsas de la señora y salió con ella del supermercado. Ella, llevaba los brazos libres, y a su lado iba una compra imposible de transportar por otros medios más que por aquel carro tan extraño que no había visto jamás. Ja! me dije! he aquí el truco!.

Compañeros, tengo la cocina llena de comida, no sé que hacer con tantas cosas. Y lo mejor de todo es que mis brazos están tan descansados como un bebé que duerme junto a su madre. Así de tontos pueden ser los errores de los novatos cuando se llega a un sitio nuevo. Observación, decía Dalí. Lo repito y lo patrocino.

Un fuerte abrazo, mi queridos amigos, una gran sonrisa, y una cervecita con una tapita de manises! que gustazo!

Narwhal Tabarca.

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