Web personal de Narwhal Tabarca
Puede desplazar la barra utilizando las teclas ← y →
Puede desplazar la barra utilizando las teclas ← y →
Estimados compañeros,
los amantes de la historia clásica están de enhorabuena, y nada mejor que la historia novelada de un discípulo del mismo Sócrates para demostrarlo. Efectivamente. Valerio Massimo Manfredi, un estudioso licenciado en letras clásicas y especializado en topografía del mundo antiguo, arqueólogo y autor de la novela Alexandros -sobre Alejandro Magno, a la que le haré mi crítica en su momento-, ha publicado recientemente esta novela. En ella, el autor nos noveliza el fruto de sus estudios y sus viajes durante varios años al corazón de Asia Menor, en busca de las huellas del ejercito conocido como los 10.000.
Sería fácil confundirse, después del éxito de la película 300, que narra la historia de Leónidas y sus hombres, en las Puertas Ardientes (o Termópilas) en las que consiguieron detener contra todo pronóstico al ejército Persa, de más de 300.000 hombres; y considerar que esta novela se publica en una reacción oportunista, procurando ser una suerte de segunda parte de aquel éxito. Todo lo contrario. Esta novela, si bien está ambientada en unos 80 años después de la heroicidad de los trescientos, no tiene una relación de continuidad mediática ni oportunista con el éxito de masas. Como dice su autor en una nota al final del libro:
” Quien esto escribe recorrió realmente con tres expediciones científicas en los años ochenta todo el itinerario de los Diez Mil reconstruyendo los paisajes con una gran aproximación en muchos casos con toda seguridad. Y en 1999 realizó un conocimiento sobre el terreno junto al estudioso británico Timothy Midford, que había localizado en los montes pónticos, a espaldas de Trebisonda, dos grandes túmulos de piedra identificándolos con el trofeo erigido por los Diez Mil en el punto en el que habían visto el mar. El reconocimiento conjunto confirmó plenamente la teoría de Midford, que ya había realizado un levantamiento topográfico de gran agudeza”. V.M.MANFREDI.
Vuelvo ahora al comienzo de la crítica, en el momento en el que dije que esta novela es la historia de un discípulo del mismo Sócrates, llamado Jenofonte. Un Ateniense nacido sobre el 425 a.C, educado, en efecto, por Sócrates. Durante la guerra del Peloponeso se alistó al bando partidario de negociar con Esparta, apoyando la Tiranía de los Treinta. Sin embargo su bando no salió bien parado y huyó de una Atenas arruinada. Fue entonces Proxeno, un amigo, quien le habló de una expedición que estaba organizando el Principe Ciro de Persia, el hermano menor de Artajerjes II de Persia, el Gran Rey. Ciro no reconocía a su hermano como Monarca del Imperio y estaba organizando un ejército de los mejores guerreros del mundo conocido: los de los mantos rojos, para derrocar a su propio hermano. Ciertamente, a la llamada acudieron unos 13.000 mercenarios entre los que se encontraban griegos, espartanos, arcadios, cretenses, e incluso, según algunos autores, persas al servicio de Ciro. Jenofonte consultó con Sócrates sobre la conveniencia de su alistamiento en esta expedición, recibiendo por respuesta una recomendación bastante disuasoria de su maestro sabio: si no salían victoriosos, Jenofonte y el resto de los supervivientes a la batalla lo tendrían muy difícil para volver a arraigarse en sus paises de origen. La razón era bastante sencilla. Esparta y Atenas tenían sendos acuerdos comerciales y de no agresión firmados con Persia. La apuesta de derrocar a Artajerjes era arriesgada, pero si conseguían vencer los beneficios vendrían entonces de manos de su hermano Ciro, quien se había comprometido a firmar acuerdos mucho más beneficiosos. Sin embargo, si el ejército era derrotado, Esparta debía hacer desaparecer a los 10.000, porque serían una prueba viva de la violación de los acuerdos que se tenían con el Imperio Persa. – Además, estos últimos tampoco podrían permitir que se conociera que un ejercito como ese había llegado hasta las puertas de Babilonia, poniendo en jaque al gran Imperio Persa. Este temor, nos enseña la historia que luego se materializó, porque cuando Alejandro Magno preparó su propia expedición contra los Persas, había estudiado minuciosamente la obra de Jenofonte. -
A pesar de esta advertencia, Jenofonte decide alistarse, no como personal militar, sino como escritor y documentalista de la hazaña. Una suerte de reportero de guerra. Esta posición le daba bastante libertad para poder moverse entre las unidades sin recibir órdenes directas de ninguno de los comandantes. La expedición arrancó y Jenofonte comenzó a hacer su trabajo. A diario copiaba en un papiro las vicisitudes del día, los kilómetros recorridos, las escaramuzas, las batallas, las aldeas saqueadas, los pueblos visitados. De todo aquello, nos ha llegado a nuestros días su obra Anábasis a la que terminó de darle forma luego de la expedición. Pues bien, Valerio Massimo Manfredi, conociendo ampliamente la historia, habiendo visitado, como dice más arriba, todos los puntos de la expedición, en su viaje de ida, y en el de vuelta -que fue duro y tormentoso- nos propone ahora esta visión suya de los hechos y que, según otras críticas de gente que conoce más yo, es fiel a los acontecimientos que realmente sucedieron en la historia de Jenofonte.
Estimados compañeros, dije al principio que ayer me leí la novela, y es que es de esas que una vez que se comienzan es difícil de abandonar. En ella uno puede llenar esos huecos vacíos que existen entre nombres de lugares, de personas y cifras de años cuando accede a la historia del mundo antiguo. En ella, el autor carga de personalidad a aquellos personajes que hoy conocemos por esculturas o por libros clásicos. Obviamente la recomiendo, no solamente por ser una literatura agradable y didáctica, sino además, y fundamentalmente, porque es una magnífica puerta hacia la curiosidad y el encuentro con los textos clásicos.
Reciban mi abrazo y mi sonrisa,
Narwhal Tabarca.
Estimados compañeros,
Hoy les quiero hablar de esta novela de Julio Verne que, si bien es mundialmente conocida, muy poca gente ha reparado en su belleza y su lectura.
En el siglo XIX, sobre el 1818, un grupo de tres personas se ven engullidos y prisioneros dentro de un monstruo marino al que habían intentado dar caza. Un monstruo que, luego descubrirán que no es más que el fruto de la genialidad de un hombre misterioso: el capitán Nemo, es decir, el capitán nadie. Este hombre, una suerte de Subcomandante Marcos, de Robbin de los mares, de Ernesto Che Guevara, es todo lo que podemos considerar un antisistema de aquellos años. Asqueado de la tierra y de las personas que la habitan, por razones que no se desentrañan a lo largo de la obra, aunque sí se insinúan, opta por la vida en el mar. Desde allí, reunido por un grupo misterioso de fieles seguidores, y a bordo de su propio invento, surca los mares en todas sus dimensiones.
Es aquí donde quiero poner el hincapié en este comentario al libro. Y es que, con independencia de lo novedoso del invento de Julio Verne, con la invención de su Nautilus, esta novela no puede dejar de ser una insinuación de las ideas políticas del escritor, quien siempre mantuvo contactos muy cercanos con círculos socialistas y anarquistas. En efecto, el Capitán Nemo, una persona que consigue reunir una ingente suma de dinero que le da la posibilidad de crear su propia versión de la historia, lejos de las fronteras. Así, rodeado de trabajadores, unidos por una sola causa, se adentra en el mundo de los mares, en los que no existe frontera alguna, y va demostrándo, paso a paso, que su opción es capaz de llegar más lejos que la instaurada en tierra y de la cual huye.
Pero esta huída es meditada, preparada, ensañada, diría. He ahí la grandeza del capitán Nemo, y las diferencias que marca con relación a cualquier hermitaño. Nemo no es un hermitaño del mar, y tampoco junto a su tripulación, un Ali-baba con 40 ladrones, en las entrañas de los océanos. Nemo y los hombres del Nautilus son algo más que eso, mucho más diría, son personas echadas al mar para hurdir una venganza atroz y sanguinaria, y, al mismo tiempo, un Jack Costeau de aquel entonces, en el que no era posible, ni tan siquiera imaginar, que alguien pudiera dedicarse a descubrir de esa manera los fondos marinos.
En esta línea, la figura del Capitán Nemo aúna la mente del científico y el brazo del guerrero; la admiración por la vida y el brazo ejecutor de la justicia más despiadada, la ciencia como arma contra la opresión de los poderes absolutos y la muerte como lucha por encontrar un equilibrio en la balanza social y humana.
Sea como fuere, amigos míos, les recomiendo esta novela y les sugiero que, mientras la leen, tengan una conexión a internet cerca para que busquen las especies que se nombran en el libro. Un excelente trabajo de investigación científica y, sin lugar a dudas, una gran novela.
Reciban mi abrazo y mi sonrisa siempre,
Narwhal Tabarca.