Web personal de Narwhal Tabarca
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Dado que ya tengo el nombre completo, he cambiado hasta el dominio de esta página. No se preocupen que pueden seguir entrando por santiagotabarca.com´(hasta enero) o por www.elcubalibro.com (hasta que acabe la página del Cuba Libro).
Nada cambia, solo el nombre. (acabo de hacer el negativo de la frase del nombre de la rosa: con el tiempo, de la rosa solo queda el nombre) -Uy! que reflexión más atractiva… seguiré pensando en ello.
Reciban mi abrazo compañeros,
Narwhal Tabarca.
Quiero compartir con ustedes un apunte de Neruda, extraído de la misma obra de la que extraje la referencia a los Narwhales: “confieso que he vivido”.
Se las transcribo aquí porque creo que no tiene desperdicio. Merece la pena leerla, en el libro no es más que una página y media.
La poesía
…Cuánta obra de arte… Ya no caben en el mundo… Hay que colgarlas fuera de las habitaciones… Cuánto libro… Cuánto librito… Quién es capaz de leerlos?… Si fueran comestibles… Si en una ola de gran apetito los hiciéramos ensalada, los picáramos, los aliñáramos… Ya no se puede más… Nos tienen hasta las coronillas… Se ahoga el mundo en la marea… Reverdy me decía: “Avisé al correo que no me los mandara. No podía abrirlos. No tenía sitio. Trepaban por los muros, temí una catástrofe, se desplomarían sobre mi cabeza… Todos conocen a Eliot… Antes de ser pintor, de dirigir teatros, de escribir luminosas críticas, leía mis versos… Yo me sentía halagado… Nadie los comprendía mejor… Hasta que un día comenzó a leerme los suyos y yo, egoístamente, corrí protestando: “no me los lea, no me los lea”… Me encerré en el baño, pero Eliot, a través de la puerta, me los leía… Me sentí muy triste… El poeta Frazer, de Escocia, estaba presente… Me increpó: “Por qué tratas así a Eliot?”… Le respondí: “No quiero perder mi lector. Lo he cultivado. Ha conocido hasta las arrugas de mi poesía… Tiene tanto talento… Puede hacer cuadros… Puede escribir ensayos… Pero quiero guardar este lector, conservarlo, regarlo como planta exótica… Tú no me comprendes, Frazer”… Porque la verdad, si esto sigue, los poetas publicarán sólo para otros poetas… Cada uno sacará un plaquette y la meterá en el bolsillo del otro… su poema… y lo dejará en el plato de otro… Quevedo lo dejó un día bajo la servilleta de un rey… eso sí valía la pena… O a pleno sol, la poesía en una plaza… O que los libros se desgasten, se despedacen en los dedos de la humana multitud… Pero esta publicación de poeta a poeta no me tienta, no me provoca, no me incita sino a emboscarme en la naturaleza, freta a una roca y a una ola, lejos de las editoriales, del papel impreso… La poesía ha perdido su vínculo con el lejano lector… Tiene que recobrarlo… Tiene que caminar en la oscuridad y encontrarse con el corazón del hombre, con los ojos de la mujer, con los desconocidos de las calles, de los que a cierta hora crepuscular, o en plena noche estrellada, necesitan aunque sea no más que un solo verso… Esa visita a lo imprevisto vale todo lo andado, todo lo leído, todo lo aprendido… Hay que perderse entre los que no conocemos para que de pronto recojan lo nuestro de la calle, de la arena, de las hojas caídas mil años en el mismo bosque… y tomen tiernamente ese objeto que hicimos nosotros… Sólo entonces seremos verdaderamente poetas… En ese objeto vivirá la poesía.
Sin palabras.
Narwhal Tabarca.
Estimados amigos, desde que decidí usar el pseudónimo de Santiago Tabarca, supe que este nombre debía con el tiempo sufrir un segundo cambio. Tabarca me lo regaló la vida, de labios de una señora de mi pueblo que en su cariñoso acento canario me dijo “Santiago T(e)abarca toda la zona de tunte…). Y así quedamos mi amigo y buen poeta Paco Sevilla y yo, mudos, sin poder hacer otra cosa que besarle las mejillas a aquella mujer pequeña que no terminaba de entender lo que sucedía.
El nombre de Narwhal, se lo deberé, a partir de ahora, al poeta chileno Pablo Neruda (cuyo nombre también es un pseudonimo con una historia, como todos). La vida me lo ha puesto delante, en aquellos párrafos de “Confieso que he vivido” en que dice el poeta:
De aquel gran pulpo que conocimos todos por primera vez en Los trabajadores del mar de Victor Hugo (también Victor Hugo es un pulpo tentacular y poliformo de la poesía), de esa especie sólo llegué a ver un fragmento de brazo en el Museo de Historia Natural de Copenhague. Éste sí era el antiguo Kraken, terror de los mares antíguos, que agarraba a un velero y lo arrollaba cubriéndolo y enredándolo. El fragmento que yo vi conservado en alcohol indicaba que su longitud pasaba de treinta metros.
Pero lo que yo perseguí con mayor constancia fue la huella, o más bien el cuerpo del narval. Por ser tan desconocido para mis amigos el gigantesco unicornio marino de los mares del Norte, llegué a sentirme exclusivo correo de los narvales, y a creerme narval yo mismo.
¿Existe el narval?
¿Es posible que un animal del mar extraordinariamente pacífico que lleva en la frente una lanza de marfil de cuatro o cinco metros, estriada en toda su longitud al estilo salomónico, terminada en aguja, pueda pasar inadvertido para millones de seres, incluso en su leyenda, incluso en su maravilloso nombre?
De su nombre puedo decir – narwhal o narval – que es el más hermoso de los nombres marinos, nombres de copa marina que canta, nombre de espolón de cristal.
Y ¿por qué entonces nadie sabe su nombre?
¿Por qué no existen los Narval, la bella casa Narval, y aún Narval Ramírez o Narvala Carvajal?
No existen. El unicornio marino continúa en su misterio, en sus corrientes de sombra transmarina, con su larga espada de marfil sumergida en el océano ignoto (…)
Gracias Pablo. Afortunadamente sí que existen los narwhales. Ojalá hubieses podido ver alguna de estas fotos. Son una especie de ballenas que habitan, como dices, en los mares del norte. Sus descripciones mitológicas del medievo se corresponden a la perfección con la realidad. Es una lástima que no llegaras a verlas nunca.
Estimados amigos, aquí tienen los motivos y el acontacimiento. A mí me llena de ilusión: un ser pacífico, misterioso, marino: el unicornio del mar. Seguramente a Pablo Neruda le habría hecho gracia. De todo ello, sin pretensiones de ninguna clase, lo próximo que publique lo haré con este nombre con el que ya me identifico.
Reciban mi abrazo y mi sonrisa
Narwhal Tabarca.
” Benito Cereno sigue suscitando polémicas. Hay quien lo juzga la obra maestra de Melville y una de las obras maestras de la literatura. Hay quien lo considera un error o una serie de errores. Hay quien ha sugerido que Herman Melville se propuso la escritura de un texto deliberadamente inexplicable que fuera un símbolo cabal de este mundo también inexplicable”
JORGE LUIS BORGES. Biblioteca Personal.
A la hora de opinar acerca de esta obra, a todas luces rara dentro de la bibliografía de Melville, creo que es imprescindible hacer un pequeño parón en la oscuridad que inspira. En efecto, cuando se abre el libro y se comienzan a leer las primeras páginas, parece que la noche que viste de negro el paisaje que nos acecha desde la ventana es un artificio, y que la verdadera oscuridad nocturna se aloja toda dentro de las hojas en que nos adentramos. Melville recrea una historia aparentemente inverosímil, llena de dudas y de lagunas en la lógica de cualquier lector, pero desde la oscuridad de un barco, varado sobre las olas del mar, o bajo la noche desde sus camarotes misteriosos. No en vano Borges me la recomendó a través de su libro del que saco la cita que antecede a este texto. Una ficción de aparente inverosimilitud, fantasmagórica sin la menor mención a lo sobrenatural, y, al mismo tiempo, intrigante pero de dudosa sospecha. A lo largo de su lectura, es posible llegar a desconfiar de la humanidad, de uno mismo o incluso del propio libro que tiene entre las manos. Por momentos un atisbo de lucidez parece querer alojarse en el entendimiento, sin embargo, en el instante siguiente uno puede llegar a sentirse vulnerable e indefenso por haber bajado la guardia tan solo unos segundos.
Realmente la historia que se cuenta no tiene mayor trascendencia. Como es de esperar en Herman Melville, el mar tiene gran parte de protagonismo. Pero en este caso la gran ballena blanca se viste de otra guisa, para que intentemos descubrir cuánto en ella es traje de carnavales y cuánto es verdadera carne. Evidentemente no hay ballenas en Benito Cereno, pero desde el comienzo de este apunte decidí no hacer excesiva referencia a la trama, para no agüarle la fiesta a quien se asome a los bordes de este barco. Por eso, vengo obligado a usar metáforas y perífrasis, quizá con el ilusorio intento de recrear en parte el magnifico ambiente que crea el autor, aunque sea imposible hacerlo aquí.
Sea como fuere, estoy satisfecho de haberla leído. Podría asegurar, y aprovecho estas líneas para hacerlo, que es de aquellas novelas que leemos una vez en la vida, pero que luego, seguimos respirando su aliento ya para siempre. Si algo puedo hacer después de volver a tierra, es recomendarla.
Un fuerte abrazo.
Santiago Tabarca.
Estimados compañeros,
allá por el año, hoy ya lejano, 1998. Alianza Editorial sacó a la luz un libro de Jorge Luis Borges denominado “biblioteca personal”.Tuve ocasión de poseerlo gracias a Sebastián Fiorilli, quien me lo regaló en el más reciente 2005. En él, el autor hace una brevísima reseña de lo que, a su entender, han sido las mejores obras literarias que han pasado por sus manos y su lectura. Sin embargo, supe luego, este libro no era más que un resumen de un proyecto aún mayor. Jorge Luis Borges, con la colaboración de María Kodama, llevaron a cabo una recopilación de las obras recomendadas por el primero. Dicha colección fue publicada en Argentina. Dentro de mi humilde búsqueda del conocimiento, he ido haciendo acopio de varias de estar obras, con la intención de conseguirlas todas. Mi intención es dar, en esta nueva categoría, mi opinión personal de cada una de ellas.
A continuación, les dejo con las palabras de Borges que preceden a su nombrado libro y que explican claramente cuales son sus propósitos con esta hazaña:
A lo largo del tiempo, nuestra memoria va formando una biblioteca dispar, hecha de libros, o de páginas, cuya lectura fue una dicha para nosotros y que nos gustaría compartir. Los textos de esa íntima biblioteca no son forzosamente famosos. La razón es clara. Los profesores, que son quienes dispensan la fama, se interesan menos en la belleza que en los vaivenes y en las fechas de la literatura y en el prolijo análisis de libros que se han escrito para ese análisis, no para el goce del lector.
La serie que prologo y que ya entreveo quiere dar ese goce. No elegiré los títulos en función de mis hábitos literarios, de una determinada tradición, de una determinada escuela, de tal país o de tal época. Que otros se jacten de los libros que les ha sido dado escribir; yo me jacto de aquellos que me fue dado leer, dije alguna vez. No sé si soy un buen escritor; creo ser un excelente lector o, en todo caso, un sensible y agradecido lector. Desdeo que esta biblioteca sea tan diversa como la no saciada curiosidad que me ha inducido, y sigue induciéndome, a la exploración de tantos lenguajes y de tantas literaturas. Sé que la novela no es menos artificial que la alegoría o la ópera, pero incluiré novelas porque también ellas entraron en mi vida. Esta serie de libros heterogéneos es, lo repito, una biblioteca de preferencias.
María Kodama y yo hemos errado por el globo de la tierra y del agua. Hemos llegado a Texas y al Japón, a Ginebra, a Tebas, y, ahora, para juntar los textos que fueron esenciales para nosotros, recorreremos las galerías y los palacios de la memoria, como San Agustín escribió.
Un libro es una cosa entre las cosas, un volumen perdido entre los volúmenes que pueblan el indiferente universo, hasta que da con su lector, con el nombre destinado a sus símbolos. Ocurre entonces la emoción singular llamada belleza, ese misterio hermoso que no descifran ni la psicología ni la retórica. La rosa es sin por qué, dijo Angelus Silesus; siglos después, Whistler declararía El arte sucede.
Ojalá seas el lector que este libro aguardaba.”
J.L. Borges
Algunos de los libros recomendados por Borges son los siguientes:
Franz Kafka
América.
Franz Kafka
Relatos Breves
Gilbert Keith Chesterton
La Cruz Azul y otros cuentos
Maurice Maeterlinck
La intelegencia de las flores
Henrik Ibsen
Peer Gynt.
Henrik Ibsen
Hedda Gabler
Leopoldo Lugones
El imperio Jesuítico
André Gide
Los monederos falsos
Herbert George Wells
La máquina del tiempo.
Edward Kasner y J. Newman
Matemáticas e imaginación
Eugene O´neill
El Gran Dios Brown
Eugene O´neill
Extraño interludio
Eugene O´neill
El Luto le sienta a electra
Aiwara no Narihira
Cuento de lse
Herman Melville
Billy Budd
Giovanni Papini
Lo trágico cotidiano
Giovanni Papini
El piloto ciego
Giovanni Papini
Palabras y sangre
Arthur Machen
Los tres impostores
Fray Luis de León
Cantar de cantares
Fray Luis de León
Exposición del libro de Job
Joseph Conrad
El corazón de las tinieblas
Joseph Conrad
Con la soga al cuello
Oscar Wilde
Ensayos y diálogos
Henri Michaux
Un Bárbaro en Asia
Enoch A. Bennett
Enterrado en vida
Claudio Eliano
Historia de los animales
Thorstein Veblen
Teoría de la clase ociosa
Gustave Flaubert
Las tentaciones de San Antonio
Marco Polo
La descripción del mundo
Marcel Schwob
Vidas imaginarias
George Bernard Shaw
César y Cleopatra
George Bernard Shaw
La comandante Bárbara
George Bernard Shaw
Cándida
Francisco de Quevedo
La Fortuna con seso y la hora de todos
Francisco de Quevedo
Marco Bruto
Eden Phillpotts
Los rojos Redmayne
Sören Kierkegaard
Temor y temblor
Gustav Meyrink
El Golem
Henry James
La lección del maestro
Henry James
La vida privada
Henry James
La figura en la alfombra
Heródoto
Los nueve libros de la historia
Honore de Balzac
La comedia humana
Honore de Balzac
Apogeo y decadencia de Cesar Birotteau
Rudyard kipling
Relatos
William Beckford
Vathek
Jean Cocteau
El secreto profesional y otros textos
Ramón Gómez de la Serna
Prólogo a la obra de Silverio Lanza
Selección de Antoine Gallard
Las mil y una noches
Robert Louis Stevenson
Markheim
León Bloy
La salvación por los Judíos
León Bloy
La sangre del pobre
León Bloy
En las tinieblas
Bhagavad-Gita
Poema de Gilgamesh
Juan José Arreola
Cuentos Fantásticos
David Garnett
De dama a zorro
David Garnett
Un hombre en el zoológico
David Garnett
La vuelta del marinero
Jonathan Swift
Viajes de Gulliver
Paul Groussac
Crítica literaria
Manuel Mújica Láinez
Los ídolos
Juan Ruiz
Libro de Buen Amor
William Blake
Poesía completa
Hugh Walpole
En la plaza oscura
Ezequiel Martínez Estrada
Obra poética
Publio Virgilio Marón
La Eneida
J.W. Dunne
Un experimento con el tiempo
Attilio Momigliano
Ensayo sobre Orlando Furioso
William James
Las variedades de la experiencia religiosa
William James
Estudio sobre la naturaleza humana
Snorri Sturluson
Saga de Egil Skallagrimsson
Franz Kafka
” el buitre”
Franz Kafka
“prometeo”
Paul Auster
La música del azar
Graham Greene
El americano impasible
Leon Tolstoi
Anna Karenina
Marcel Proust
En busca del tiempo perdido
Kenzaburo Oé
La presa
Marguerite Yourcenar
Cuaderno de notas
Herman Melville
Moby dick
Daniel Defoe
Robinson Crusoe
Goethe
Werther
Pierre Choderlos de Laclos
Las relaciones peligrosas
Manuel Puig
La traición de Rita Hayworth
Manuel Puig
Boquitas pintadas
Edgar Allan Poe
Manuscrito hallado en una botella
Honore de Balzac
“La pensión del desierto” (relato)
Henry James
Otra vuelta de tuerca
John Fowles
La mujer del teniente francés
John Dos Passos
Manhattan Transfer
Italo Calvino
Seis propuestas para el próximo milenio
Heinrich Böll
Aventuras de un macuto
Gustave Flaubert
Un corazón sencillo
He hecho memoria, y creo que ya había puesto alguna opinión acerca de algún libro, así que por ese empaceré:
Benito Cereno de Herman Melville. En el siguiente post volveré a publicar esa crítica ya publibicada por aquí.
Reciban mi abrazo y mi sonrisa.
Santiago Tabarca.
Algo parecido me sucedió, cuando entré en Los Borgia, a lo que me había pasado con el Nombre de la Rosa, solo que desde que acabé el libro, abrí la enciclopedia y me dí cuenta de que ya sabía infinitamente más sobre Cesar y Lucrecia Borgia que la somera descripción enciclopédica.
Desde la novela, Mario Puzo, me había explicado una parte de la historia del Vaticano y de lo que fueron los Estados Pontificios, de los excesos del Papa y los cardenales, incluso de la persona de Maquiavelo, a quien pude personificar, reforzando así el concepto que tenía de él de hombre frío, inteligente y falto de escrúpulos.
Realmete es una historia de la mafia. Posiblemente de la mayor y más influyente familia de mafiosos de la historia. Ello me mereció una reflexión. El Papa Borgia (el gran Don), aún siendo la cabeza visible de Cristo en la Tierra, y Señor (rey) de un reino como los Estados Pontificios, se ve obligado a salirse de un sistema cuyo máximo representante es él, en el cual no cree, para desarrollar su ley y su sistema de conductas paralelo. No cabe otra interpretación, creo entonces, que la de considerar al Papa Borgia como un enemigo de sí mismo, como Papa y como persona.
Sin embargo, pocas son las ocasiones en que se plantea este necesario conflicto. Son pocas, digo, pero suficientes. Después de la muerte de Juan, el Papa propone una reforma de la Iglesia de la que luego desiste: los intereses personales cobran importancia en detrimento de los de su pueblo, sus fieles y su religión. Pero, lejos de suponerle todo esto un trauma psicológico o existencial, asume los acontecimientos con descarada aceptación y consumado triunfo.
Por otra parte, siento cierta identidad con Cesar. Él tenía un problema real y un serio conflicto psicológico importante. El guerrero se veía obligado a orar. Más tarde, cuando cuelga los hábitos y se dedica a las armas, parece obtener la felicidad que siempre anheló. Algún día he de dejar de lado todo lo que me separe de mi camino (reflexiono ahora a raiz de todo ello) y dedicaré mi vida de lleno a mis armas: la literatura y la lucha social.
En cuanto al estilo, solo surge una palabra de mis labios, y con ella concluyo: Magistral.
(Tirajana, 6 de agosto de 2005)
Un abrazote, compañeros,
Santiago Tabarca.
Queridos amigos,
Si alguno de ustedes pasó anoche por el Cuba Libro y lo vió cerrado, este fue el motivo. Recibí el mensaje del CCA sobre las 10.30 de la noche y salí para el puerto de Arguineguin. El dispositivo estaba ya montado cuando llegué, pero el cayuco estaba aún en altar mar. Entró en el muelle a la 1:15 de la madrugada.
Era una barcaza de madera enorme. Quizá podría llegar a los 25 metros de eslora. Al principio me costó verla entre los brazos densos de la noche fría. Divisé primero las pinturas que la decoraban y que se presentaron como un Neptuno salido de las aguas del puerto. Miré donde debía, justo entre la patrullera de la Guardia Civil y la de Salvamento Marítimo. Dentro, había medio centenar de sombras que apenas se movía.
Tan solo tres de los nuevos canarios, que estaban en la proa, se manejaban como marineros experimentados, lanzándole los cabos a los guardias para atracar donde debían. Hicimos una cola de voluntarios y fuimos recogiendolos de uno en uno hasta llevarlos a un lugar guarecido donde los ibamos sentando. Cuando hubo quedado vacío el cayuco, desapareció como llevado por una mano invisible. No lo volví a ver.
Después de que fueran desnudados y vestidos con los chándales de la Cruz Roja, y habiendo recibido una bolsa con comida y un te caliente, iban pasando a una pequeña explanada entre las carpas donde Gustavo, Marcos y yo les ibamos haciendo las
fichas médicas. Me senté con ellos en el suelo, nos reímos juntos, les pregunté de donde venían: “Mali, Burkina Faso, Libia, Senegal”. Al principio parecían asustados, luego ya tuvimos una conversación más distendida por señas (la mayoría hablaba francés y tengo que aprenderlo).
Hubo uno de ellos que, mientras le miraba las heridas que traía cubiertas con una gasa sucia e incrustada, me ofreció el paquete de galletas que le habíamos dado. En su mirada solo había generosidad y agradecimiento. Como es lógico, decliné el ofrecimiento con una sonrisa, pero ya el me había dado algo mucho más importante: el recuerdo de su mirada amable.
Eran exactamente 57 inmigrantes. Todos estaban bien de salud. Se marcharon en la guagua de la Guardia Civil. No los volveré a ver, supongo.
La Guardia Civil estuvo impecable e incluso fue muy humana con los recién llegados. Dispensaron un trato exquisito y sería injusto no mencionarlo.
Queridos compañeros, el mundo es amplio y la verdad relativa. En la noche, aún hay sombras que sufren huyendo de una muerte anunciada.
Reciban mi abrazo y mi sonrisa.
Santiago Tabarca.
Para más información sobre la noticia entren en este link: El limpia farolas . Es el autor de las fotos. Muchas gracias Sergio por inmortalizar este momento.
Me acerqué a “El nombre de la rosa” conociéndo de ella tan solo el nombre. Me ha bastado una lectura para entender que es un libro de referencia al que se debe volver asíduamente. Umberto Eco demuestra su valía como escritor, ya que realmente convierte una novela en un hecho cosmológico.
Lejos de ser una obra que a todos deje indiferente, este libro rezuma largas horas de estudio y trabajo en cada una de sus hojas. El mundo que presenta – por otro lado, cerrado en sí mismo perfectamente – es, a la vez, todo ficción y realidad. Gracias a él he conocido a los Fraticelli hasta el punto de entenderlos, de identificarme con ellos, haciendo míos tanto su amor por la pobreza, como su crítica a la Iglesia. Y, sin embargo, el argumento es ficción pura.
Como Umberto Eco explica: “solo quería quemar una abadía y ese fue el germen, la chispa que dio vida al Nombre de la rosa”. Mientras lo leía, las ideas se me confundían como las hebras de una cuerda deshilachada. No hice más que tirar de ella y, de a poco, fui viendo el cuerpo del cabo que se iba ordenando hasta trenzarse magistralmente.
Luego ya, el estudio científico que hace el autor al final de la obra (en la edición que leí), lo sentí como un guiño de invitación a volver a escribir novelas yo mismo. Mucho es lo que obtengo de este libro, pero más aún lo que aprendo de las enseñanzas de Umberco Eco. Después de leerlo he empezado a trabajar en un proyecto, algo tendrán las palabras de Eco, entonces, que me invitan a seguirle los pasos, y esto solo puede llamarse de una forma: maestría.
El estilo es muy elegante, clásico pero aireado y fresco. Se lee sin ninguna dificultad (exceptuando la primera parte plagada de cultismos y latinismos). Veo influencias de Dante Alighieri en los resúmenes previos de cada capítulo – sin duda se debe más a una imitación del estilo propio de aquel tiempo que a un recurso exclusicamente Dantesco -.
Sin embargo, he encontrado excesivo el capítulo del sueño de Adso de Melk. Creo que la obra, en él, pierde su ritmo habitual y llega a hacerse incluso desesperante. Su lenguaje apocalípto y caótico puede causar en el lector el efecto de dar un humilde salto al siguiente capítulo.
Todo lector que se precie, sugiero, debería leer esta obra de arte.
(Tirajana, 6 de agosto de 2005)
Un fuerte abrazo, compañeros.
Santiago Tabarca.
La innata obsesión del hombre por un absoluto le puede llevar a descubrirse así mismo, y a destruirse.
Grenoille es una artista. ¿Qué diferencia hay entre él, siendo un perfumista excepcional, y el poeta del cuento de Borges?. Ninguna. Encuentro una misma obsesión entre ambos: el arte en estado puro, en el cual – y solamente en él – la humanidad se rinde, se deja embriagar del mensaje que transmite, sucumbe a su merced y se transforma. Es ahí donde el arte ve y repira su verdadero sentido: en la transformación del hombre, en la revolución. La crisis de lo falsamente objetivo en una sola expresión, la libertad que se ofrece tras la manipulación que el arte puro ejerce sobre el hombre.
No hay contrasentido en lo que digo: Libertad surgida de la manipulación. Todo lo contrario; el hombre – que ya vive manipulado por un medio que le es hostil – se deja seducir por el arte – como espejo hacia sí mismo - y así se descubre en sus miedos, sus anhelos, su propias emociones y sus energías desapercibidas.
En esta línea, al final de la novela, el pueblo entero, hechizado por el Perfume o la Esencia definitiva, se acepta en sus propios vicios, tentaciones, temores y deseos. Unos lloran, otros sienten una ternura atroz, otros (los más) fornican. A esta manupulación me refiero, cada cual recibe el aroma según él mismo. Quienes lloran se sienten culpables por la crueldad del sistema, los tiernos ahora quizá fueran malévolos ciudadanos cegados por la ira antes, los fornicadores, amantes reprimidos.
El arte puro, entonces, se presenta aquí como un acceso a la duda, a la esencia perdida del hombre/mujer, a la libertad impune, en definitiva, a la utopía.
No he visto la película aún. Sin embargo, recomiendo esta novela tan conocida.
(Tirajana, 6 de agosto de 2005)
Un fuerte abrazo,
Santiago Tabarca.

Uno de los mejores regalos que me han hecho. Cuando Julio Espino y Ana vinieron a verme Gran Canaria me trajeron, según decían, dos sorpresitas. Una de las cuales era LOS GIRASOLES CIEGOS de Alberto Méndez. Un nombre completamente desconocido para mí y para muchos cuya obra literaria es corta, apenas un libro, este, que recoge cuatro cuentos largos sobre lo que nunca se ha escrito de la manida temática de la guerra nacional. Me he quedado muy sorprendido, entre otras cosas, porque con tan solo un libro editado (y quien sabe si escrito) este autor ha sido capaz de desarrollar un estilo más propio de los grandes autores de reconocidos apellidos, que los de un prudente anónimo al que nadie conoce aún como él mismo se merece. Para mí sigue siendo un absoluto desconocido. No sé más de él que lo que aparece en la solapa del libro: " Alberto Méndez (1941-2004). Nació en Madrid, donde transcurrió su infancia. Estudió el bachillerato en Roma (Italia) y se licenció en Filosofía y Letras en la Universidad Complutense de Madrid. Trabajó siempre en grupos editoriales nacionales e internacionales. En 2002 quedó finalista en el Premio Internacional de cuentos Max Aub, con uno de los relatos de Los girasoles ciegos, su primer libro narrativo. Los girasoles ciegos fue galardonado con el I Premio Setenil de cuentos y posteriormente con el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Narrativa. Simplemente increíble. Este señor, cuyas facciones me son extrañamente familiares, sabiendo que no lo había visto antes -cosas que pasan, quizá un parecido con otra persona – escribió su primer y último libro narrativo y con él me ha demostrado que sigue habiendo una meta a la que sigo queriendo alcanzarme. No la de los premios, ya lo saben -no por snobismo sino sencillamente porque sé que no obto a ninguno- sino la del estilo, la pureza de la lengua, la sencillez de la narración, la creación de los ambientes. Al fin y al cabo, la sorpresa y la admiración tras cada frase que se lee, porque está bien escrita, porque es concisa, clara y atractiva, y porque cualquier huída una vez abierto el libro será siempre hacia dentro de las páginas y nunca a otro estímulo exterior. Realmente me habría gustado mucho conocer a Alberto Méndez. Y, sin embargo, me tendré que conformar con releerme su único libro con el que consiguió llegar a mi conocimiento.
Un fuerte abrazo
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