A partir de ahora, la web es Narwhaltabarca.com

 

Dado que ya tengo el nombre completo, he cambiado hasta el dominio de esta página. No se preocupen que pueden seguir entrando por santiagotabarca.com´(hasta enero) o por www.elcubalibro.com (hasta que acabe la página del Cuba Libro).

Nada cambia, solo el nombre. (acabo de hacer el negativo de la frase del nombre de la rosa: con el tiempo, de la rosa solo queda el nombre) -Uy! que reflexión más atractiva… seguiré pensando en ello.

Reciban mi abrazo compañeros,

Narwhal Tabarca.

Me llamaré Narwhal Tabarca

 

             

Estimados amigos, desde que decidí usar el pseudónimo de Santiago Tabarca, supe que este nombre debía con el tiempo sufrir un segundo cambio. Tabarca me lo regaló la vida, de labios de una señora de mi pueblo que en su cariñoso acento canario me dijo “Santiago T(e)abarca toda la zona de tunte…). Y así quedamos mi amigo y buen poeta Paco Sevilla y yo, mudos, sin poder hacer otra cosa que besarle las mejillas a aquella mujer pequeña que no terminaba de entender lo que sucedía.

El nombre de Narwhal, se lo deberé, a partir de ahora, al poeta chileno Pablo Neruda (cuyo nombre también es un pseudonimo con una historia, como todos). La vida me lo ha puesto delante, en aquellos párrafos de “Confieso que he vivido” en que dice el poeta:

De aquel gran pulpo que conocimos todos por primera vez en Los trabajadores del mar de Victor Hugo (también Victor Hugo es un pulpo tentacular y poliformo de la poesía), de esa especie sólo llegué a ver un fragmento de brazo en el Museo de Historia Natural de Copenhague. Éste sí era el antiguo Kraken, terror de los mares antíguos, que agarraba a un velero y lo arrollaba cubriéndolo y enredándolo. El fragmento que yo vi conservado en alcohol indicaba que su longitud pasaba de treinta metros.

Pero lo que yo perseguí con mayor constancia fue la huella, o más bien el cuerpo del narval. Por ser tan desconocido para mis amigos el gigantesco unicornio marino de los mares del Norte, llegué a sentirme exclusivo correo de los narvales, y a creerme narval yo mismo.

¿Existe el narval?

¿Es posible que un animal del mar extraordinariamente pacífico que lleva en la frente una lanza de marfil de cuatro o cinco metros, estriada en toda su longitud al estilo salomónico, terminada en aguja, pueda pasar inadvertido para millones de seres, incluso en su leyenda, incluso en su maravilloso nombre?

De su nombre puedo decir - narwhal o narval - que es el más hermoso de los nombres marinos, nombres de copa marina que canta, nombre de espolón de cristal.

Y ¿por qué entonces nadie sabe su nombre?

¿Por qué no existen los Narval, la bella casa Narval, y aún Narval Ramírez o Narvala Carvajal?

No existen. El unicornio marino continúa en su misterio, en sus corrientes de sombra transmarina, con su larga espada de marfil sumergida en el océano ignoto (…)

Gracias Pablo. Afortunadamente sí que existen los narwhales. Ojalá hubieses podido ver alguna de estas fotos. Son una especie de ballenas que habitan, como dices, en los mares del norte. Sus descripciones mitológicas del medievo se corresponden a la perfección con la realidad. Es una lástima que no llegaras a verlas nunca.

 

Estimados amigos, aquí tienen los motivos y el acontacimiento. A mí me llena de ilusión: un ser pacífico, misterioso, marino: el unicornio del mar. Seguramente a Pablo Neruda le habría hecho gracia. De todo ello, sin pretensiones de ninguna clase, lo próximo que publique lo haré con este nombre con el que ya me identifico.

Reciban mi abrazo y mi sonrisa

Narwhal Tabarca.

la cucaracha, la cucaracha…

 

 Al principio las cucarachas estaban todas en el jardín, y yo, con otra gente, dentro de la casa. Algo habíamos ido a hacer a aquella casa y descansábamos distribuidos en grupos de 3 o 4 personas en las habitaciones limitadas de que disponía. En la nuestra había una persona a la cual no le importaba lo más mínimo tener una de las ventanas abiertas al jardín por la noche. Todo el mundo sabe que los insectos se sienten atraídos hacia la luz por un motivo muy fácil de entender: cuando se hace la noche se guian por la luna, lo que produce que cualquier foco de luz tiene su momento de gloria a los ojos de cualquier insecto. Sólo por esta razón vuelan las palomillas en torno a la luz, describiendo una serie de círculos concentricos cada véz más pequeños, o, más correcto técnicamente, una espiral cónica cuya punta se identifica, precisamente, con el foco de luz. Pero volvamos al caso.

En aquella casa, casi desconocida para mí, si no fuera por las ventanas azules de madera vieja que, realmente no reconozco en ningún sitio que recuerde con nitidez, había bastante gente, amigos todo, supongo, que se disponía a hacer algo de lo cual no tuve constancia, aquel fin de semana. Por cierto, era fin de semana. Lo cierto es que después de mis repetidas advertencias de que cerraran las ventanas del cuarto, una cucaracha fue buscando la luna en la pequeña bombilla de la habitación. Primeramente cruzó la ventana con sigilo posándose en su marco por la parte de adentro. A primera vista no era un gran espécimen, sin embargo, cuando después de mi histeria, acrecentada por la burla de los allí presentes, el coleóptero decidió levantar el vuelo, todo se convirtió en un revuelo de manotazos al aire y carreras sin sentido. Esto me merece un reflexión. Las cucarachas voladoras, o volonas como las llamamos en canarias, son machos. Esto no tuve ocasión de aprenderlo de la mano de un amigo mío cuya pasión son estos insectos detestables para la inmensa mayoría. Podría decir que este gusto elitista por una de las manifestaciones más asquerosas de la naturaleza no pudo más que sorprenderme. Mi amigo las persigue, las estudia, las acaricia, las quiere, las conserva en un terrario que tiene en la azotea de su casa en el que colecciona cuantas razas es capaz de atesorar. Y, con todo, vive de matarlas. Efectivamente, este amigo mío tiene una empresa de control de plagas. Una relación amor odio que no tiene parangón. Recuerdo una anécdota suya en la que terminó en una seria discusión después de que un albañil matara un ejemplar rarísimo que había asomado desde una alcantarilla. Al parecer la cucaracha era enorme, unos quince centímetros de largo, y además gris, solo de pensarlo me dan ganas de echarme a correr.

Esto me recuerda que debo seguir con la historia. Echarme a correr fue exactamente lo que hice cuando vi que aquella cucaracha que estaba observándonos desde el umbral de la ventana levantó el vuelo. Yo corrí, como alma que lleva el diablo, por el pasillo adelante hasta el salón. Ahora reconozco la casa de tirajana en esta que describo. Cuando llegué a medio salón la cucaracha no solamente había decidido dirigirse a la misma habitación en su vuelo incontrolado (siempre he pensado que ninguna cucaracha que sepa volar sabe pilotar, ya que su vuelo es sin rumbo ni conciencia), sino que además estaba procurando posarse en alguna parte de mi cuerpo. No será necesario que explique lo que ello supone para mí, si diré, sin embargo, que le dí tantos bofetones al aire que, de ser un humano, habría caído de KO técnico de bruces contra el suelo. La cucaracha tuvo más suerte que el aire, sin lugar a dudas, y solo recibió uno de tantos, pero suficiente para disuadirla de buscarse otra pista de aterrizaje. Y entonces vió el piano. Quien pudiera saber lo que pensó (si es que estos animales piensan, lo cual no estoy en condiciones de aventurarme a negar de manera categórica) cuando vio el inmenso instrumento negro con su larga cola. Algo me hace pensar que era un maravilloso Steinway and Sons, cualquier intento de describir tremenda maravilla será ocioso. No lo es, sin embargo, el relatarles lo que capté cuando la cucaracha se posó sobre él. De alguna manera fui capaz de darme cuenta de que la cucaracha sabía bien que tenía bajo las patas, incluso me aventuro a aseverar que, mientras volaba, fue capaz de pilotar por primera vez en la milenaria historia de estos bichos. Es cierto esto que digo. Cuando se posó recorrió las teclas del piano con una conciencia y una parsimonia semejante a la de un monje que pasea por su huerta mientras da gracias a la naturaleza por sus regalos. La cucaracha fue saltando de octava en octava y, milagrosamente, se posaba siempre sobre las teclas que retumbaban en do. Yo no tengo mucha idea de teoría musical, de hecho me defino como lego en la materia, sin embargo, cuando varió en la secuencia de sus saltos algo me hizo pensar que aquel bicho inmundo, de pesar una quinientas veces lo que pesaba, estaría tocando una melodía en el piano.

Ya he dejado constancia de mi aberración hacia estos señores del asco, pues bien, diré ahora que jamás había estado tanto tiempo observando a uno, y mucho menos había sentido nunca un mínimo interés por lo que quiera que fuera que sería capaz de hacer. También he dicho que no tengo idea apenas de la teoría musical, lo que me hace ser incapaz de reconocer una secuencia complicada de notas identificándola en el momento con sus respectivos nombres musicales. Así que, dada mi torpeza al respecto y conociendo tremenda limitación, me deslicé casi imperceptiblemente a una cámara de fotos Olympus 350 que también hace videos. Mi intención era sencilla, grabar el concierto de la cucaracha y, luego, en la intimidad y ayudado por la grabación, ir apuntando la secuencia de notas para extraer así la melodía con que se me antojó que aquel insecto estaba procurando obsequiarme. Desgraciadamente la cámara no estaba donde debía. Al principio yo sentí una cierta desesperación por no poder librar a aquel momento del limbo de los imposibles, pero pronto claudiqué y dedicí terminar de ver e intuir el concierto de piano para cucaracha en do mayor. Sí, no fui capaz de escucharlo con los oídos, es cierto, pero el concertista me transmitió su ritmo con la frecuencia minuciosa de sus saltos. De hecho no estoy tan seguro de que no fuera yo capaz de escucharlo, si esto fuera así, no entendería que cuando terminó la obra me entregara en aplausos hacia la cucaracha pianista.

Lástima que la asusté, lástima también que todo volvió a la normalidad, lástima que decidiera volar nuevamente hacia mí mientras yo seguía aplastando el aire con mis manos. Lástima, al fin y al cabo, que cuando me di cuenta de que se había posado en la palma de mi mano derecha ya era demasiado tarde para evitar la muerte de una de las mayores interpretadores de piano que ha dado la naturaleza jamás.

Publicado en on 3, Marzo 2007 at 2:50 pm Comentarios (2)

Jaime Bayly me persigue.

 

 

Jaime Bayly me persigue, en estos últimos días. Desde que me enteré de que había sido finalista del premio Planeta no me lo puedo quitar de encima. Diré mejor que no me persigue él, o que sí me persigue él usando su novela “de repente un ángel” como instrumento de su persecución. Desde que conocí a mi entrañable Espido Freire he seguido con algo más de detalle y proximidad la evolución del premio. Pensé que todo cuanto reluce era, como dicen, oro después de leerla a ella y comprobar que no solo es una maravilla de persona sino una escritora muy válida, y pequé de ingenuo al comprar la novela de Jaime. Esperé encontrar el mismo nivel literario, la misma seriedad, procuré hacer acopio de recursos literarios para utilizarlos en mi obra pero la decepción fue brutal. Cuando comencé a leer “de repente un ángel” pensé que todo se trataba de una broma sin gracia. No pienso hacer una disertación crítica acerca de ese libro con forma de novela. Prefiero criticar novelas, aunque sean, según mi criterio, malas. El problema en este caso es que creo que la obra en cuestión simplemente no llega a tal categoría literaria. Es obvio que la calidad de la que carece hay que buscarla en otros prismas de la vida de Jaime Bayly, porque, digo yo que a algo ha tenido que aferrarse tan prestigiosa editorial para meter la pata de esta manera. Lógicamente, inculto de mí, luego me he enterado de que del señor Bayly es un líder mediático en las televisiones de su país y del nuestro. Esto me pasa por no ver la tele.

Pero no era mi intención dejar a relucir el plumero en cuanto a la capacidad literaria de este hombre, sino, todo lo contrario. Les decía que Jaime Bayly me persigue y lo hace con coraje de asesino. Todo esto empezó cuando me compré su novela y la abrí. Comencé a leerla y, por los motivos que ya he referido anteriormente, la volví a cerrar y la zarandeé en el aire con toda la fuerza que pude describiendo un semicírculo que iba desde mi axila derecha (soy zurdo) hasta unos centímetros más arriba de mi cabeza con el brazo completamente extendido. Repetí la operación tres veces y en la última abrí la mano, lo que provocó que el libro saliera despedido a gran velocidad, abriéndose y cerrándose en el aire de la misma forma que lo haría un puño intentando aferrarse al aire para no caer. Cuando al final aterrizó lo hizo sobre el agua de mi piscina, apenas unos centímetros más a la izquierda de donde yo pretendía, pero sobre el mismo líquido elemento, al fin y al cabo.

Allí la dejé, flotando como galeón a la deriva y me fui, con la tranquilidad de que me había librado con este gesto de la involución de la literatura actual. Pero no fue así. Unos días después de esto, estaba sentado yo en un sillón que tengo en casa y observaba mi biblioteca. Es pequeña aún, unos 700 libros, lo que me permite conocerlos todos y sentir una suerte de cariño por cada uno de ellos. Pues bien, observándola, como digo, me pareció que uno de los libros, que no reconocí a primera vista, estaba extrañamente retorcido. Me levanté extrañado, como no puede ser de otra forma, y lo tomé en mis manos. En la cubierta leí “de repente un ángel” Jaime Bayly. Exactamente, era el mismo libro que había zumbado al agua días antes. De alguna manera que se me escapa había conseguido salir de la piscina sin ahogarse, había subido las escaleras, escalado las estanterías y hacerse un hueco entre los otros libros. Y además, parecía sonreírme con malicia. Como es lógico, no lo volví a poner en mi estantería, soy bastante riguroso a la hora de elegir qué libro ha de ocupar los huecos en ella, y, por supuesto, este no cumple uno solo de los requisitos que le impongo voluntariamente. Así que, retorcido y todo, cayó en el cubo de la basura, irremediablemente.

Hasta aquí todo parece una extraña anécdota con muchas y muy válidas explicaciones (alguien pudo rescatar el libro de la pisicina y colocarlo donde vió más libros, aceptamos barco…), sin embargo, cuando lo tiré a la basura no volví a verlo más. Pero no les llame a error esto que digo, no vi más aquel ejemplar, que hoy mismo, al comprobar que tenía demasiados libros en el baño (el motivo es claro, se que lo saben), me dispuse a colocarlos nuevamente en la estantería. Los llevé en una montaña de libros sin ver cuales eran, los puse sobre la mesa de mi escritorio y fui cogiéndolos uno a uno y colocándolos en su sitio. Sé que esperan la sorpresa. Efectivamente, entre ellos, no se como, un ejemplar nuevo de “de repente un ángel” de Jaime Bayly. ¿Será posible que el marketing haya conseguido estrategias tales que, no ya solo creen necesidades donde no las hay, sino que además haga que compremos artículos sin darnos cuenta si quiera?, es lógico que alguien ha ido a comprar este libro a una librería, ha sonreído a la cajera, ha salido de ella con su adquisición en una bolsa, ha llegado a casa y ha puesto en el libro en el baño. Mi novia no compra libros, yo juro que no lo hice. Jaime, ¿Qué te parece si nos dejamos ya de coñas? Me estás acojonando.

(este artículo es mi ejercicio diario de escritura, no tiene ningún otro valor más que el de obligarme a escribir algo cada día).

Publicado en on 1, Marzo 2007 at 11:07 am Comentarios (1)

La vida sigue

 

Queridos amigos,

Hay veces en que me pregunto hasta qué punto el sistema se puede empeñar en corrompernos. La falsa democracia que nos atiza sigue haciendo estragos y la división de poderes que auspició y propuso Rosseau, parece haber quedado en putrefacta agua de borrajas. Y es que son buenos momentos para el drama y el teatro de la calle, solo que los directores de escena están preparados en otras artimañas que lo contaminan. Ahora, podemos comprobarlo todos, quien no es actor es empujado a serlo y nada parece tener sentido. La política no se apiada de la lógica y, en su devastador hambre consume lo que sea menester, ya se trate de inocentes, ya de otros poderes como bien puede ser el judicial, propongo.

En este camino de sinsentidos no llegamos a ninguna parte. Si ese es el empeño de nuestros partidos políticos podría ser, digámoslo en la manida versión tópica: deleznable. Desde luego a mí se me antoja más que eso y quizá no encuentre nunca palabras para referirlo. Lo mío es la poesía, un balbuceo de la realidad y la experiencia, en palabras de Octavio Paz, y, sin embargo, no me merece siquiera un solo verso, simplemente porque el asco se adueña de la boca de mi estómago de tal manera que hasta el vómito deviene imposible.

Les invito a una reflexión ahora, que lo veo todo más claro que nunca; ahora que me siento detrás de los acontecimientos; o ahora, que sigo siendo el mismo, pero con más razones. El enfoque de la prensa mediática parece no tener apenas verguenza. No importa ya que un albañil llegue a dar trabajo a más de 5.000 personas. La carnicería es lo que vende, y el descaro de los carniceros no tiene nombre. Un teatro político y sangrante, casi diría snuff, propiciado por las próximas elecciones son motivo suficiente para justificar, en cuestión de dos días, la tentativa de aniquilamiento de más de treinta años de trabajos forzados por el prójimo y la familia.

Amigos míos, si tan solo hubiera un hecho, en todo esto, que tuviese visos de ser real, el silencio es lo que les estaría ofreciendo. Pero ya me conocen muchos, y las injusticias me pueden. En este caso todo tiene nada de trasfondo por la parte que nos toca, y sea que nada tiene todo por motivos políticos aberrantes.

Luis Fernando, Mr. López II, gracias por haberme convencido para retirarle mi voto incondicional a tu partido. Esto que haces, pobre diablo, no es socialismo, déjame decirtelo. La revolución está por otros derroteros, justo donde aún reposan el sentido común y la honradez.

Un fuerte abrazo a todos y muchas gracias por los apoyos recibidos.

 

Santiago SANTANA.

Publicado en on 7, Febrero 2007 at 6:29 pm Comentarios (2)

Ya tengo pagina propia

 

Estimados amigos, a los ojos de un informático pareceré un pardillo, pero cuando quiera hablamos de leyes  que los tercios cambian, jejeje).

Bueno, a lo que voy, la cosa es que haciendo piruetas con el ratón, he conseguido que para entrar en esta web ya no sea necesario introducir aquella pesadez de santiagotabarca.wordpress.com… ahora es mucho más sencillo:

santiagotabarca.com

y llegan aquí. En fín, cosas de la tecnología.

Por cierto, hoy me encuentro ya mucho mejor, depués de los ánimos recibidos desde león (gracias Aida, espero que la mejoría sea recíproca), y los cuidados de mi reina de la rosa de los vientos, gracias goryi, las sopitas de enfermo están buenísimas ;).

En fin compañeros, a seguir haciendo cosillas por la literatura.

Por cierto, a Elva y a Ody, ya les han concedido los papeles, siguiente en la lista: Juan Carlos. Arriba la revolución!!!

Publicado en on 16, Enero 2007 at 9:19 am Comentarios (1)

Cuento brevísimo.

 

Me he pasado cinco años esperando que me respondas. Desde que lo hiciste hace tres, estoy huyendo de tí: un perro que habla.

 (O mi intento de escribir el cuento más corto del mundo, compitiendo con el famoso de cuando se despertó el dinosaurio aún seguía allí -9 palabras, 41 letras-):

Huyó tres años desde que le habló su perro.

(9 palabras, 34 letras).

El mismo número de palabras, pero con 7 letras menos ¿he conseguido escribir el cuento más corto del mundo?

 

Un abrazo.

(Dedicado a Ica, ella sabe por qué)

Publicado en on 30, Octubre 2006 at 3:51 pm Comentarios (0)

Día 2. Primeras dificultades.

 

Estimados míos,

Después de mi decisión me he recluído un poco en mis ratos libres. Por la tarde, en vez de estar asistiéndo a las clases de filología, me estoy quedando en la biblioteca de la facultad para hacer mis tareas. Creo que de momento voy a buen ritmo. Ya he desarrollado el argumento y estoy bastante contento con el resultado. Creo que es muy defendible en la novela. He conseguido que tenga cierta complejidad. Un entresijo de relaciones bastante interesante que, bien explotadas, pueden terminar en una obra también interesante. Ahora, no es lo mismo tener la mejor harina del mercado que hacer con ella el mejor pan. Lo segundo es más complicado que lo primero, no me caben dudas.

Para reforar mis pocos conocimientos de cómo estructurar mi tiempo y mi mente para escribir una novela me estoy valiendo un una bibliografía muy interesante y la cual recomiendo:

1. Cómo ambientar un cuento o una novela. Ed. Alba

2. Cómo se escribe una novela. Héctor García Quintana. Ed. Berenice

3. Y los consejos de la revista Premura, que no están nada mal.

Aunque estos son los que estoy trabajando en estos momentos, tengo una larga lista de ellos que estoy deseando empezar a ojear esta semana. Entre ellos uno de Anton Chéjov, que se llama algo así como: premisas para un joven escritor: como se escribe un cuento.

El primero de ellos, el del ambiente en la narrativa me lo he leído hoy, y me parece bastante interesante. Me ha dejado muchas cosas claras y, además, me merece una reflexión. De la misma forma que, en un cuadro, el amarillo usado en una parte tiene que ser el mismo que se use en el resto del cuadro, para que no tenga tonalidades diferentes y guarde una unidad deseable, una novela tiene que tener muchos elementos en común que guarden también la misma unidad ambiental. Los personajes tienen que casar con los escenarios, sus formas de ser, sus profesiones, su cualidades, al fin y al cabo, tienen que guardar una estrecha relación con el argumento. Pero no solo eso, es imprescindible que lo hagan de una forma determinada. Un ejemplo. En la novela de Herman Melville: ” Benito Cereno”, según critiqué en su día, parece que siempre es de noche. Ese ambiente lo ha conseguido el autor mediante, no solo la descripción fantasmagórica y misteriosa de los barcos, sino también, mediante la misma forma de ser de los personajes, sus características físicas, sus registros a la hora de hablar, todo.

Ahora pasemos a la práctica. Les aseguro que no me está siendo muy facil que todo encaje a la perfección. Quizá la perfección no exista y tender a ella es como tender al infinito. No lo dudo. Pero si se marcha en esa dirección el camino es abrupto. Aunque tampoco dudo que sea gratificante una vez que se termine la obra y se compruebe que lo que se ha conseguido no difiere en exceso de lo que se pretendió al comienzo.

Bien, para no desviarme mucho del tema. Les contaba que ya el argumento lo tengo desarrollado y puesto en la puerta de la cocina. Seis folios llenos de flechas y cogidos al cristal con cinta adhesiva. A mi derecha he puesto, cosecha propia o manía añeja, un enorme cartel de tres folios apaisados en los que se puede leer: LABOR OMINIA VINCIT. Y justo debajo me he hecho un planning de la novela, para tener los plazos controlados. Si le funciona a los técnicos cuando están haciendo una construcción, a mi no tiene por qué no funcionarme para construir una novela.

Hoy me he metido de lleno en la caracterización de los personajes. En un principio había pensado crearlos de la nada, o hacer un compendio de personalidades de distintos conocidos. Pero luego me dí cuenta de que era prácticamente imposible e inevitablemente increíble. Por esta razón he ido seleccionando a personas reales con las que trato de forma cotidiana, para desarrollar sus personalidades en tres estudios diferenciados cada uno: Cómo es realmente, Cómo aparenta ser y Cómo le ve la gente. Estos tres prismas de la misma personalidad son necesarios, puesto que depende de las diferencias entre ellos un mismo personaje puede ser completamente lineal y pasar completamente desapercibido, o, por el contrario, puede ser abrupto, gráfico, físico e inolvidable en el futuro para el lector.

En fin, compañeros, aquí me encuentro, desentrañando personajes para la novela. Ya les iré contando que tal van yendo las cosas.

Un fuerte abrazo.

Publicado en on 28, Octubre 2006 at 1:47 am Comentarios (0)

Sentimentalismos aparte.

 

 

FOTO: yo, observando un pecio

 

Ya va siendo hora de abrir las escotillas y que salga el sentimentalismo al mar abierto. No es facil reflotar un pecio, pero si no se hace nunca volverá a navegar. Así que he decidido olvidarme de las hazañas propias como sensiblero enervado hasta la médula, o fino de pacotilla o laína, sin remedio aparente. Nada obtengo llorando mis limitaciones por las esquinas, y tampoco preparandome eternamente para dar el salto hacia la ocupación. Estoy preocupado, puedo decir ahora, en ese intante preciso que existe antes de la ocupación. La única solución entonces será la ocupación, que es lo que queda después de suprimir el pre de la palabra: preocupación.

Eso es, me he fijado una meta: escribir una novela en un mes (un borrador digamos). Lo que quiere decir que si hoy es 26 de octubre de 2006, el borrador ha de estar acabado para el 26 de noviembre de este mismo año. Dejándome aconsejar por Recursos para Escritores, el plan de trabajo será el siguiente:

Día 1:

Cómprare algunas carpetas de anillas, cada una con su número de capítulo. 90.000 palabras (Medida aproximada de una novela de hoy) pueden parecer una gran cantidad, pero conseguir pequeños segmentos de 3.000 palabras, es un objetivo más realista.

Redactaré un pequeño resumen para cada capítulo y lo pegalo en la carpeta correspondiente. Usaré Post-it’s, por si tengo que cambiarlos de lugar.

Dibujaré un mapa con la línea argumental de la novela y lo pegaré en la pared al lado de mi escritorio.

Día 2:

Crearé los perfiles de mis personajes con tanta profundidad como pueda. Me divertiré. Procuraré ser creativo con los rasgos peculiares que los caracterizan. Inventare un pasado para ellos, incluyendo familia y amigos. Buscaré fotografías que me recuerden a ese personaje y las pegaré cerca de mi lugar de trabajo.

Día 3:

Añade las acciones que quieren realizar los personajes en los pequeños resúmenes que había pegado a la carpetas. Comprobaré que el argumento aún funciona. Empezaré a pensar en los pequeños detalles escénicos que darán vida a mi mundo de ficción.

Días 4 – 29:

- Acallando al corrector que llevo dentro me limítaré a encontrar tiempo para escribir.
- Me sentaré y rellenaré los detalles de esos pequeños resúmenes que ya tengo escritos.
- Me olvidaré de las expresiones, de la gramática y de los detalles escénicos. Sólo escribiré.
- Escribiré el esqueleto de la escena que me llevará de un capítulo al siguiente. Si me marco el objetivo de escribir 3.000 palabras al día, en 26 días tendrás el primer borrador de una novela completa. (según Torrente Malvido, Gonzalo Torrente Ballester escribía 8 folios todos los días)

Día 30:

Lo celébraré tomándome el día entero libre, con una caña bien fría.

REVISIÓN

Lo que tendré al final de este mes de trabajo es un borrador completo de una novela que necesitará mucha revisión.

Necesitaré volver al manuscrito muchas veces y añadir detalles, describir y corregir los escenarios y abrir los personajes de nuevo para darles profundidad y crear empatía con el lector. Corregir los errores gramaticales y expandir las escenas para clarificar los detalles son pasos necesarios… pero son pasos necesarios e ineludibles.

Aún así, la revisión no es lo mismo que la escritura creativa. Revisar un manuscrito completo me dará una enorme sensación de orgullo, de haber conseguido algo, y es, también, una gran herramienta para motivarme. No puedo revisar sin haber acabado la historia.

Dividiendo una tarea enorme, como la de escribir una novela, en pequeñas tareas más manejables, podré realmente escribir una novela en un mes.

Ya sé que todos estos pasos no son más que una paráfrasis en primera persona del link que he puesto a la derecha. Pero es una buena forma de motivarme. Cuando escribí “Krumen, euforia de reconciliación” (qué título más malo, por cierto) estaba dándole a las teclas durante dos horas diarias. Uno de mis principales errores es que siempre que terminaba la semana revisaba y corregía todo lo que había hecho. Avanzaba lento.

Tengo al menos cuatro novelas en el tintero. Elegiré una y ya les diré como me van yendo las cosas.

Un fuerte abrazo compañeros, deséenme suerte.

Por cierto, sky4you, el link de la derecha que está debajo del link de “Cómo escribir una novela en un mes” me ha parecido muy bueno. Si tienen un tiempo visítenlo, no tiene desperdicio.

Publicado en on 26, Octubre 2006 at 12:41 pm Comentarios (2)

Cuestiones vitales o simplemente Santi.

Estimados compañeros,

Hoy he estado en mi primera clase de filología hispánica. Es decir, hoy ha sido un gran día. Desde que tuve la edad para recibir el “¿qué quieres ser de mayor?”, como quien está preparado para recibir la comunión o la confirmación, o el primer plantón amoroso, o la primera eyaculación, yo respondí sin dudarlo: “escritor”. Tenía ocho años. Ya había escrito un cuento sobre los reyes magos de 8 páginas, con ilustraciones a todo color hechas por el autor. Los colores, como es de esperar, se daban la mano donde les parecía, y las figuras quedaban delimitadas por un trazo grueso para que se diferenciaran del desastre cromático. También había escrito para aquel entonces un poema a mi madre. La comparaba con una higuera y cada uno de mis hermanos era pues un higo. Luego con el tiempo supe que la única que tenía higo era mi hermana, y que nosotros, mi hermano y yo, debíamos ser algo así como el fruto de una platanera. Tal es la inocencia de un niño. Aprendí a leer a los seis años, como casi todos supongo. A los siete ya sabía defenderme con alguna frase que dejaba boquiabierto a cualquier adulto: mi mama me mima, mi tio toma tomate etc. Fue cuando terminé de aprenderme todas las letras del abecedario cuando me vi con alas suficientes para escribir cualquier cosa que se me antojara, excepto extrañas palabras como corn flakes, que, curiosamente se leían corn fleiks y otros misterios del mismo estilo. Sí, me preguntaron y dije “escritor”, y algo se me acomodó en las entrañas, entre el intestino y el páncreas quizá. Me sentí seguro de mi desición, y me sorprendió no haber dominado ni la mente ni la lengua para pronunciar esa palabra. Tal automaticidad nada más escuchar la pregunta me hizo pensar que quizá aquello que se me había acomodado entre las tripas llevaba tiempo esperando dicha pregunta para eruptar la respuesta. Dije escritor y sin embargo no recuerdo cuando aprendí a sumar, ni a restar. No recuerdo mi primera clase de sociales, ni de naturales. No recuerdo nada más que imágenes sueltas de cuando estaba en clase de lengua y literatura. La primera novela que leí fue: Roby, Toby y el Aeroguatutú. Es fácil recordar cómo me impresionaba su grosor. Un libro de ese tamaño debía ser para los grandes. Recuerdo muy bien la sensación que tuve al acabarlo. Pensé que era el primer libro que me leía y, curisamente, desde entonces lo guardé y aún lo conservo. A los dieciocho lo releí y me sigue pareciéndo un libro excepcional para los niños. Pero como luego fue siendo cotidiano, aquello que tanto me entusiasmaba parecía no tener tanta importancia en la vida, ya saben a lo que me estoy refiriendo. Un niño tenía que saber jugar y memorizar los temas, por supuesto. Afortunadamente, pienso hoy, nunca fuí nada en los deportes. Nada de nada. Recuerdo que una vez jugué al futbol y marqué 5 goles. Uno de ellos en la puerta contraria. No bromeo. Desde entonces, cuando hacían capitán de uno y capitán de dos yo me levantaba antes de la última elección por una cuestión de dignidad. Cuando llegué a octavo de EGB sentí un crecimiento inexorable. Ya podíamos escribir con bolígrafo y, además, en folios completamente en blanco. Siempre recordaré a un buen profesor, el de literatura, don Jose Carlos Betancor. Que buen hombre, padecía una colitis ulcerosa agresiva de la que consiguió curarse con unas algas chinas que sabían a demonios. A él le debo la seriedad con la que afronto el fenómeno literario y la ilusión por la creación. Fue el alocutado de mis primeros relatos, algunos de los cuales rescaté con la memoria hace un año escaso, porque se apropió de los originales, y los he reescrito para introducirlos en el libro de cuentos en el que trabajo actualmente. Jose Carlos Betancor, un profesor que nos leyó un día un relato de un estudiante de 1º de B.U.P cuyo nombre era Mario. Recuerdo bien este detalle, porque mientras nos leía sus cuentos, yo solo pensaba en que quería que eso me pasara a mí algún día. Que leyeran mis cuentos a los más pequeños, como ejemplo. Supe entonces lo que era la admiración. No la había sentido ni por el doctor Flemming, ni por Thomas Edison, ni por Bell, y, sin embargo, ese sentimiento de querer ser otra persona, de andar su camino y aproximarme a sus metas traspasadas me fué descubierta por un alumno apenas unos meses mayor que yo, que se llamaba Mario. Habiéndola descubierto, octavo se convirtió entonces en el año del descubrimiento de un buen maestro: J.R.R. Tolkien.. En aquel entonces, en los recreos no permitían que nos quedáramos en el aula. Realmente, para la mente de un profesor, y para la de un niño incluso, no se comprendía bien que alguien quisiera permanecer en el aula durante los escasos momentos de libertad diaria. Yo me escondía para no salir. Fuera no hacía más que sol, y los cromos me aburrían, así como el futbol y los paseos por los rincones archiconocidos del recinto. Sin embargo, el Señor de los Anillos estaba esperando solícito mi acudida, a cualquier hora, para llevarme a mundos inimaginables de aventura y ensueño. Fue bonita mi reclusión y en ella entendí pronto que la mejor manera de admirarse a uno mismo era la de hacer lo que uno creyera conveniente, a pesar de las opiniones del resto. Yo me sentía bien leyendo. Y no pasó mucho tiempo para que en el aula fueramos unos siete, sentados a ras de suelo, escondidos bajo las mesas y con los libros en la mano, esperando que cerraran el pabellón para disfrutar de nuestro merecido silencio compartido, de lecturas y aventuras.

Pero no fué hasta el año siguiente cuando comencé mi primera gran empresa como escritor novel. Quince años, primero de BUP. Comencé el curso en Noklion Rd., Dublín. Asistiendo a clases en un colegio público prefabricado que tenía nombre gaélico: Colaiste Eanna. La soledad era ahora más prolongada. La familia que me habían asignado y yo no congeniamos nunca, y me recluí en mis palabras. Allí nació “Krumen, euforia de reconciliación”, mi primera novela. Estuve trabajando en ella cinco largos meses. Descubriendo el arte de crear. Un amigo sacerdote y periodista me echaba una mano con el estilo, bendita paciencia la suya. De aquella novela llegué a tener redactados unos ciento sesenta y siete folios. Y aún me quedaba argumento para otros tantos. Me encantaba darme cuenta de que eran los mismos personajes los que me iban solicitando que la historia fuera por unos u otros lugares. Carreras, persecuciones, batallas. La influencia de Tolkien era evidente. Algún día les contaré lo que sucedió cuando me escapé de un internado en inglaterra para ir a ver su casa de Oxford.

Cierto día, ya de vuelta en Gran Canaria, me compré un ordenador portatil. Todo un ladrillo del doce. Introduje mi novela para estrenar la máquina (un disco de tres y medio, para los que se acuerden), y leí en la pantalla que el disco estaba vacío. Repetí la operación con las tres copias de seguridad restantes, y leí lo mismo. Hoy me queda la duda de si los discos fueron borrados por la máquina, o si Krumen y sus amigos decidieron emprender el camino hacia el mundo del olvido. A Krumen le debo la perseverancia, y la demostración de que es posible seguir escribiendo. Le debo también la lucha por el estilo, la elegancia y las formas, y además, una preciosa parte de mi adolescencia. Lo cierto de todo ello fue que, después de la decepción me aparté durante una buena temporada de la prosa y me aferré a la poesía, quizá fuera eso lo que necesitaba para seguir el camino literario.

Segundo y tercero de BUP estuvieron marcados por un espléndido profesor, Elias Artiles, el cual me transmitió su pasión por el conocimiento general. Curiositá, en palabras de Leonardo. Un profesor excepcional que luego a pasado a ser un buen amigo. Sabía de todo. Se afeitba con navaja, fumaba en pipa, era numismático, filatélico, llevaba gafas, usaba reloj de leontina, era un maestro de la papiroflexia. No hace mucho lo tuve que definir como un personaje artefáctico. Sé latín gracias a él. En sus clases éramos dos: enrique (mi compañero de doctorado) y yo.

Pero no fue hasta COU que pude conocer a Blas de Otero, a Machado, a Ruben Darío, a Wenceslao Fernandez Florez, a Pere Gimferrer, a los Panero, Unamuno, Ramón J. Sender,  Tomás Morales, en fin, a tantos como para darme cuenta que había perdido ya más de la mitad de mi vida por no haberlos conocido antes. Toda una lástima, y sin embargo, mi capacidad de admiración me sorprendió de tal manera que desde entonces nada me interesaba más que leerlos a todos.

La desición al acabar COU sobre lo que quería hacer con mi vida la tenía saldada desde los ochos años ¿recuerdan?, Quiero ser escritor. Pero cuando en mi casa comprobaron que ya no era una idea de niños, al parecer no hizo tanta gracia. Fui convencido, aún no sé bien cómo aunque posiblemente la frase: “tu estudias derecho y después estudias lo que te apetezca” tuvo algo que ver para que estudiara derecho en Madrid. ¿Otero, recuerdas algo parecido? ¿y tú Lorca? ¿y tú Brines? ¿y tú? ¿y tú? ¿y tú?. Al cabo de seis años estaba licenciado en derecho, preguntándome qué sentido tenía la vida y al borde de la depresión, supongo. Me libró de ella Rafael Alberti con la magnífica idea que tuvo de crear su fundación. De los ocho años que pasé en madrid, los dos últimos fui becado para asistir a los ciclos de Poesía Última en el Puerto de Santa María, desde entonces no he faltado ningún año. Así pude conocer a mis buenos amigos que hoy me vienen a visitar y a los que quiero con locura. Mis poetas queridos, mis compañeros poetas: Carlos Ávila, Sebastián Fiorilli, Juan Diego Ayala, Julio A. Espino, Gonzalo Escarpa, Espido Frerire, Miguel Losada, Enrique Albor (un poeta sin versos), Montse Cano, Marina Oroza, y tantos tantos tantos, que no sigo enumerando por miedo a olvidarme de alguno. En ese tiempo también fui socio fundador de la Academia de los Melancólicos del Ateneo de Madrid, con Miguel Losada y otros más y disfruté como un niño organizando eventos culturales en el Gran Hotel Canarias, ¿quien no recuerda la triple presentación de Oscar Aguado, Paco Sevilla y Octavio Ramos?, maravillosa. También publiqué mi primer libro: Mujer de Agua, con Ediciones Vitruvio, gracias Pablo.  Y me vine de vuelta a Canarias.

Algunas ideas voy sacando de la vida, compañeros, pero quizá las puedo reducir en dos: Vivimos la vida que queremos vivir y prohibido no ser feliz. La segunda tiene algo que ver con las frustraciones, la primera, además, con la determinación y las metas personales. No quiero morirme con una sola frustración, es la única manera de seguir sintiendome vivo y feliz. He acabado Derecho, y después de jurar en el Tribunal Supremo en Madrid, puedo decir que soy Abogado, de la misma forma que también puedo decir que no lo soy. Están en mi mano ambas aseveraciones y ninguna de ellas me lleva a ninguna parte . Sin embargo, desde que respondí con ocho años aquella frase, cada día me levanto de la cama y me pregunto: ¿soy escritor? y no consigo responderme. Le pregunté a Marcial Franco, a Leopoldo María Panero, a tantos otros… ¿qué tengo que hacer para ser escritor? y la respuesta ha sido siempre la misma: escribe. ¿Sobre qué? pregunté una vez, sobre tí, me respondieron, no tengo nada que decir, añadí…. Pues ¡coño,  escribe de eso!, fue entonces la respuesta.

Me he matriculado en Filología. Hoy 21 de octubre de 2006 he dado un paso adelante en la conducción de mi propia vida. Sigo luchando por lo de siempre y me doy cuenta que estoy volviendo a la senda que llegué a abandonar por una desición familiar. Ahora me toca a mí, así que sigo aprendiendo. Gracias compañeros, muchas gracias por leerme. No pienso parar. Y tal vez un día llegue un chico a preguntarme qué puede hacer para ser escritor. Y yo pensaré que no soy quien para responder, y le diré simplemente: escribir, sobre tí, aunque nada tengas que contar (me ahorro el coño).

Un fuerte abrazo amigos míos.

Publicado en on 23, Octubre 2006 at 2:30 am Comentarios (3)

Una muerte de susto o viceversa.

Estimados amigos,

El otro día había sacado a la Ica a pasear por en frente de casa. Era la una de la mañana, aproximadamente. Por pasar el rato me metí en una obra que están haciendo aquí al lado y busqué al guardián, con quien he entablado una buena amistad. No le encontré, sin embargo, me sucedió algo extraño. (Ahora es cuando se supone que debo contar la aparición del ovni, o que pude descubrir quien es QUIERO SER PONENTE*, -que por cierto agradezco su sinceridad, su sentido común y, sobretodo su sentido del humor- o cuando deba contar que el local se ha ido al suelo aunque no sea cierto, pero cierta intriga haría merecer la pena terminar estas líneas, etc.). Como les cuento, yo estaba en la oscuridad porque las calles aledañas a mi piso aún no han sido urbanizadas del todo y la luz es escasa. Inmerso en las cabilaciones de siempre sobre esto y aquello y lo de más allá. De repente (es ahora cuando se debe acelerar el paso, los violínes rechinan histéricos, y aumenta considerablemente el uso de las tomas diagonales y movidas), oigo unos pasos, como de una carrera desesperada. Alguien huye hacia donde me encuentro. No veo quien es, no, ahora sí, una forma de lo que parece un hombre, con los brazos en alto. Ciertamente su carrera me deja en alerta, por la desesperación de la huída. Mira atrás continuamente y no repara en mi presencia. A escasos pasos me percato de que no se trata de un hombre, es más bien un chico de unos veinte años. Está despavorido, aterrado por algo que le sigue. Miró detrás de él. En lontananza no descubro más que la seriedad cómplice de la noche. Nada le sigue. Vuelvo a mirar al chico que ya me ha sobrepasado. Yo estoy aún dentro de la obra, a través de las vallas. Floren, el guardián no está en ninguna parte. Como no puedo compartir la intriga con nadie decido enfrentarme a ella. Decido salir de la obra, pero en ese momento escucho, alto y claro un tropiezo y un cuerpo muerto impactando contra el suelo lleno de tierra y gravilla. Acelero el paso para socorrer al chico. Puede haberse dado un golpe en la cara, y tener la nariz rota. Los brazos los tiene entumecidos, seguramente, con heridas sin sangre aún. Hasta la sangre se toma su tiempo para salir tranquilamente, a borbotones. Corro, sé como atender a un herido de estas características, no en balde estuve cinco años de voluntario en ambulancias. Voy resuelto a todo. Y en el justo momento de pisar la calle, miro a la izquierda, lugar de donde provino el golpe. Se me hiela la sangre. La noche, y solo ella, me sonríe seriamente. Nada más. Donde debió haber un cuerpo herido no hay sino tierra. Ningún callejón, ninguna bocacalle, ningún lugar donde esconderse para llorar a solas, nada.

Recorro todo el perímetro y nada se mueve. De repente siento pasos a mi espalda. Me volteo nervioso. Ica me mira llena de tierra hasta los ojos. Me la llevo a casa.

Dicen que son este tipo de historias la que luego inspiran los cuentos. A mí por lo menos me pasa. Estoy en ello.

Compañeros, un abrazo. Mañana voy a hacer submarinismo en el sur. Espero poder traerles alguna fotito.

Un abrazo.

Esta es Ica, lógicamente.

* visítese: http://www.quieroserponente.blogspot.com

Publicado en on 20, Octubre 2006 at 12:09 pm Comentarios (0)

LA REFLEXIÓN DE SHELEY

(Texto registrado y protegido por derechos de autor)
El niño elefante nació terriblemente horrendo. Desde su nacimiento fue recluido en la oscuridad y el silencio, para que nadie pudiera verlo jamás. En esa pequeña ilusión de conservarlo oculto, como mismo escondió la historia al Laocoonte y sus hijos, hasta el renacimiento. A diferencia de la escultura bastarda no fue enterrado nunca, es cierto. Sin embargo, sí fue cubierta siempre por una cortina su cabeza. El resto era normal, lo sabemos. El niño elefante era una piedra. Una pequeña china en el zapato de un caminante, o todas las chinas quizá bajo las ruedas de una bicicleta. Lo único que sacamos en claro es que se le cubría por el terror que inspiraba, así lo menciona Sheley Blank en su crónica del año 1898. Conclusión a la cual llegó, según nos cuenta, mientras estaba sentada en una cafetería y observó como un hombre cubría con su abrigo el brazo deforme de su hijo. Supuso entonces, y le pareció lógico, que el padre pretendía esconder la deformación por miedo a que la imagen macabra de un brazo contrahecho puediera generar una espantosa repulsa social entre los clientes del bar. Efectivamente Sheley llegó a ver el brazo del niño, y, paradógicamente no solamente no le había repugnado en absoluto, sino que, además, estuvo atenta desde la discrección a todos los movimientos del abrigo, por volverlo a ver. Una primera impresión nos puede hacer creer que Sheley Blank era una morbosa sin el más mínimo atisbo de curación posible, pero nada más lejos de la realidad. Sheley había nacido en una pequeña población de los Picos de Europa. Su nombre no debería sorprendernos si sabemos que su padre era extrangero: Arthur Blank, un joven pintor irlandés, romántico hasta el suicidio, que había llegado a España en el 1808, durante el reinado de Amadeo de Saboya y que, según cuenta en sus cuadernos de viaje, conoció a Gustavo Adolfo Becquer en Sevilla, a quien definió como un hombre lánguido, de mirada sagaz y moviento dormido. Monica Sánchez Umpiérrez, su madre, era una asturiana que apenas hablaba bien el castellano, y, por supuesto, no lo escribía. En ese escenario Sheley Blank había crecido entre vacas, nieve y olor a hogaza de pan recién hecha. De esta forma se acostumbró, también, al trabajo del campo, que desempeñaba con pestreza desde muy niña. Ordeñaba a las vacas, preparaba a los San Bernardos para que se las llevaran al campo durante meses a pastar, etc. Su proyección era, entonces conocida. Sheley Blank, aunque con nombre extrangero, sería una asturiana de sus labores, como su madre.

Sin embargo algo fue distinto. Según la descripción que de ella hace Ramirez Da Costa, Sheley era una niña curiosa por naturaleza. Al tiempo que atendía a las vacas, recitaba poemas populares que, quizá, fueran la letra de canciones anónimas. Detalles de su personalidad que no contrariaron jamás a Arthur, y que aprovechó de forma inteligente. Ya hemos dicho que Arthur, el padre de Sheley, era pintor. Lo que se nos olvidó, quizá intencionadamente, fue que cuando Arthur visitó a Becquer lo hizo acompañado de Sheley Blank. En aquel entonces, el poeta miró a la niña y quiso recitar algo que ha quedado en la memoria del viento. Las crónicas no han sido capaces de aclarar aún los hechos. Lo cierto es que, cuando Becquer se despidió de ellos, un surco de plata brillaba en su mejilla. Cuando Sheley Blank contaba esto en alguno de sus libros anteriores a lo que refiero en esta narración, insistía en que aún no era capaz de entender qué fue lo que pudo motivar el llanto del poeta. Sí asegura, sin embargo, después de aquel viaje, que su padre entusiasmado, compró una buena parte de la biblioteca de un aristócrata asturiano. Desde entonces, Sheley dejó de atender el ganado y no paró de leer hasta haber devorado el último libro. Para entonces, había cumplido los veintidós años.
Es normal que entendamos, ahora sí, que Sheley había conocido escritores románticos que hablaban en sus obras de hombres deformes y otros monstruos humanos. Sin embargo, eran todo divagaciones solo encuadrables en la ficción, suponía.
Mientras Sheley veía, entre despiste y despiste, el brazo deforme del niño, recordaba su infancia. Lo que no veía era que el niño descubría el brazo, cuando ella no miraba, como si fuera un juego. Tampoco vio Sheley nunca como el padre la miraba también, tal vez enojado por lo que ella interpretaba como macabra curiosidad, tal vez avergonzado por la criatura que portaba sus rasgos. Sí vio, sin embargo, cómo el padre, incómodo ya por la situación que la actitud de Sheley estaba provocando, pagó repentinamente la cuenta del café, cogió al niño en brazos y salió del cafetín malhumorado. El infortunio, ayudado en gran medida por los nervios, causó entonces que el abrigo que cubría el brazo del niño cayera al suelo en la pretendida carrera. La secuencia de acontecimientos fue fugaz. Sheley corrió al abrigo, al mismo tiempo que el padre lo hacía, olvidando ya el brazo de su hijo, empujándole incluso a un lado. Enloquecido se arrojó al suelo para recoger la prenda. Sheley, por un acto reflejo, aprovechó entonces para verle nuevamente la deformación al niño. Pero en ese justo momento se paralizó el tiempo.

Efectivamente, cuando el niño se había visto liberado de los brazos de su padre, corrió desesperado a una servilleta de tela que reposaba en una de las mesas, y, mientras parecía escribir alguna cosa en ella con el brazo deforme, Sheley observaba atónita, que aquel brazo estaba más sano incluso que los suyos. En su puño aferraba con pasión una pluma de ganso manchada de tinta en su extremo, que bailaba ahora sobre la tela, sin concesiones.
El padre, al darse cuenta, aprehendió al hijo en volandas y corrió despavorido calle arriba. Cuentan que, mientras guardaba la servilleta olvidada sobre la mesa sin leerla apenas, vieron una lágrima rodar por la mejilla de Sheley.

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Publicado en on 27, Septiembre 2006 at 5:16 am Comentarios (0)