Web personal de Narwhal Tabarca
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Estimados compañeros,
Tal y como les he venido adelantando, en estos días he acabado la novela de Valerio Massimo Manfredi, El Tirano. Inspirada en parte de la vida de Dionisio I de Siracusa, esta novela es la más floja de las que me he leído hasta la fecha de este autor. Ciertamente, es complicado que la trama de un tirano, avocado a la derrota en casi todas sus batallas pueda competir con el espíritu triunfador de un Alejandro Magno, o la aventura del ejercito de los 10.000 (ambas obras comentadas en este blog).
La vida de este monarca que derrotó con intrigas y malas artes la democracia griega en Siracusa, se justifica por el solo hecho de haber sido esta vía la única que casi consiguió la unificación de facto de toda la isla de Sicilia bajo los pueblos griegos. La única manera era mediante la expulsión del ejército Cartaginés de Anibal, Himilcón, Manón y otro Hilmicón, respectivamente. Contra todos ellos plantó Dionisio su espada y su escudo, desde sus veintipocos hasta su muerte. Un hombre que saldría de las clases más humildes de Siracusa y que consiguió ganar el liderazgo de su gente a base de fuerza e inteligencia, sin el más mínimo resquemor de conciencia por levantar su arma ya fuera contra los bárbaros cartagineses o contra su propia gente.
Es loable el intento de Valerio Massimo Manfredi de intentar alabar las hazañas de este personaje griego, sin embargo, abstrayéndose al cariz humano que le imprime al personaje, creo que sus actos hablan más que su la aportación imaginativa que de él hace el autor. Este hombre debía ser un personaje despidado, capaz de encarcelar a su propio hermano por dar muestras de humanidad con el enemigo griego, capaz de vender el alma al diablo, o de poner a los celtas o a los bárbaros contra los propios griegos si se trataba de amasar poder, capaz insisto, por último, de firmar un acuerdo de paz y luego violarlo poniendo cerco a ciudades. Es decir, si Maquiavelo hubiese vivido en esta época, seguramente habría sido su mejor consejero.
Literariamente, esta novela tiene la misma facilidad de lectura que Alexandrós o El Ejercito Perdido. Sin embargo, creo que el hecho de no tener tanta información histórica ha hecho el autor se pierda en ocasiones en aspectos que más parecen responder a la esfera de los espiritual y lo paranormal: una mujer que parece una bestia (una especie de Gollum del señor de los anillos, pero en bello), un personaje misterioso que aparece de la nada para ayudar a Dionisio cuando necesita dinero… . Esto hace que la novela pierda fuerza, y sobre todo credibilidad en su trama. Recuerdo que la misma sensación me dio en ocasiones cuando leí Alexandrós, las reacciones del perro que parecía querer hablar parecían en ocasiones ridículas, casi diría absurdas.
Sin embargo, compañeros, no dejaré de recomendar esta novela, que me ha dado buenos ratos de lectura. Un detalle, encontrarán, como en todas las que me he leído de Valerio Massimo, un guiño a otra de sus novelas que ya comenté: “El Ejercito Perdido”, aunque suene extraño, el mismo Jenofonte, después de volver de la expedición de los 10.000, hizo al parecer un viaje a Siracusa y conoció a Dionisio. El autor al menos así lo cuenta…
Reciban mi abrazo y mi sonrisa, compañeros,
Narwhal Tabarca.
Queridos compañeros,
ayer acabé el tercer libro de la saga de Valerio Massimo Manfredi sobre la vida de Alejandro Magno. Ha sido un viaje apasionante. He vivido a este personaje de la historia, hasta hace poco tan ajeno a mí, como si hubiera sido yo quien se pusiera el yelmo con la forma de la cabeza del león, y galopara, a lomos de Bucéfalo, dirigiendo la Punta contra los ejércitos Persas. Esta novela, en la que no existen vencedores ni vencidos, ahonda en la profundidad de la psicología de un hombre que quiso conseguir lo que nadie nunca había conseguido hasta entonces. Y no existen en ella vencedores ni vencidos, porque la historia no los tiene. Las palabras de Valerio no magnifican la figura de rey de los Macedonios, ni tampoco ultraja la imagen de los persas, ni sus costumbres. Todo lo contrario, el autor ha preferido ser fiel a los acontecimientos y los actos de Alejandro, quien defendió en todo momento, que el honor y el respeto estaban por encima de cualquier principio. No se trata de una condescendencia fácil de quien se siente poderoso, ni de piedad ante el enemigo. Sino de convertir la historia en lo que es, avances y retrocesos por el bien de las comunidades. La figura del rey se nos presenta entonces, como la de aquel forastero al que el amor hacia las nuevas culturas no le impide seguir destronando a Sátrapas y Caudillos, en una guerra sin cuartel. Y es ese equilibrio entre la muerte y el respeto lo que hace grande la figura de Alejandro tanto en la novela como, y sobretodo, en la propia Historia.
Nacido en Pella, en el corazón del reino de Macedonia, hijo de Filipo y de Olimpia, fue instruido por el filósofo Aristóteles, quien le enseñó las bases de la cultura griega, y los valores de la democracia. Como nos cuenta Valerio Massimo Manfredi, en aquel entonces los Macedonios eran considerados griegos bárbaros, casi podríamos decir, los menos modernos de los estados griegos. Efectivamente, en Macedonia existía, a manos de Filipo, una monarquía que rayaba en la tiranía. Sin embargo, este astuto movimiento de instruir a Alejandro con el mejor de los filósofos de Atenas, convirtió al heredero al trono en un rival temible, un estratega sin par, y un hombre sabio. A la muerte de Filipo, Alejandro dio un paso al frente, y comenzó la mayor de las hazañas que nunca ningún griego había conseguido hasta entonces: derrotar al Imperio Persa.
Así trascurre la novela, queridos amigos, desde el momento del nacimiento del Gran Rey de Reyes, hasta momentos después de su muerte. Entre medias, podemos gozar de imágenes inolvidables, la entrada de Alejandro en el Santuario de Siwa en Egipto, la toma de Tiro, de Halicarnaso, de Babilonia, la destrucción de Persépolis, la decisiva batalla de Gaugamela; nos sorprenderemos de la astucia y la estrategia bélica de la que hace alarde el rey invicto hasta su muerte. Sus victorias, empero, no se ciñeron solamente al campo de batalla. Las narraciones de Valerio Massimo Manfredi son tan ágiles y reales que después de acabar la novela ya estoy extrañando el olor de la piel de Barsine y de Roxana. Aún siento sus ojos mirándome profundos mientras me hablan en sus idiomas exóticos, desde Persia hasta la India.
Queridos amigos, alguien de ustedes me quiso tirar de las orejas en un comentario, a propósito de la crítica sobre el Ejercito Perdido del mismo autor. Prefiero quedarme corto, entonces, en la opinión que les doy de este libro. Eso sí, las lecturas de Massimo Manfredi me han hecho comprender que la aproximación a sus obras no deben hacerse ociosamente. Es por ello que sigo recomendando tener a mano una conexión a internet, les aseguro que no serán pocas las veces que quieran consultar nombres de lugares y de personas, con la curiosidad de quien se adentra en un mundo fascinante.
Reciban mi abrazo y mi sonrisa,
Narwhal Tabarca.
Estimados compañeros,
los amantes de la historia clásica están de enhorabuena, y nada mejor que la historia novelada de un discípulo del mismo Sócrates para demostrarlo. Efectivamente. Valerio Massimo Manfredi, un estudioso licenciado en letras clásicas y especializado en topografía del mundo antiguo, arqueólogo y autor de la novela Alexandros -sobre Alejandro Magno, a la que le haré mi crítica en su momento-, ha publicado recientemente esta novela. En ella, el autor nos noveliza el fruto de sus estudios y sus viajes durante varios años al corazón de Asia Menor, en busca de las huellas del ejercito conocido como los 10.000.
Sería fácil confundirse, después del éxito de la película 300, que narra la historia de Leónidas y sus hombres, en las Puertas Ardientes (o Termópilas) en las que consiguieron detener contra todo pronóstico al ejército Persa, de más de 300.000 hombres; y considerar que esta novela se publica en una reacción oportunista, procurando ser una suerte de segunda parte de aquel éxito. Todo lo contrario. Esta novela, si bien está ambientada en unos 80 años después de la heroicidad de los trescientos, no tiene una relación de continuidad mediática ni oportunista con el éxito de masas. Como dice su autor en una nota al final del libro:
” Quien esto escribe recorrió realmente con tres expediciones científicas en los años ochenta todo el itinerario de los Diez Mil reconstruyendo los paisajes con una gran aproximación en muchos casos con toda seguridad. Y en 1999 realizó un conocimiento sobre el terreno junto al estudioso británico Timothy Midford, que había localizado en los montes pónticos, a espaldas de Trebisonda, dos grandes túmulos de piedra identificándolos con el trofeo erigido por los Diez Mil en el punto en el que habían visto el mar. El reconocimiento conjunto confirmó plenamente la teoría de Midford, que ya había realizado un levantamiento topográfico de gran agudeza”. V.M.MANFREDI.
Vuelvo ahora al comienzo de la crítica, en el momento en el que dije que esta novela es la historia de un discípulo del mismo Sócrates, llamado Jenofonte. Un Ateniense nacido sobre el 425 a.C, educado, en efecto, por Sócrates. Durante la guerra del Peloponeso se alistó al bando partidario de negociar con Esparta, apoyando la Tiranía de los Treinta. Sin embargo su bando no salió bien parado y huyó de una Atenas arruinada. Fue entonces Proxeno, un amigo, quien le habló de una expedición que estaba organizando el Principe Ciro de Persia, el hermano menor de Artajerjes II de Persia, el Gran Rey. Ciro no reconocía a su hermano como Monarca del Imperio y estaba organizando un ejército de los mejores guerreros del mundo conocido: los de los mantos rojos, para derrocar a su propio hermano. Ciertamente, a la llamada acudieron unos 13.000 mercenarios entre los que se encontraban griegos, espartanos, arcadios, cretenses, e incluso, según algunos autores, persas al servicio de Ciro. Jenofonte consultó con Sócrates sobre la conveniencia de su alistamiento en esta expedición, recibiendo por respuesta una recomendación bastante disuasoria de su maestro sabio: si no salían victoriosos, Jenofonte y el resto de los supervivientes a la batalla lo tendrían muy difícil para volver a arraigarse en sus paises de origen. La razón era bastante sencilla. Esparta y Atenas tenían sendos acuerdos comerciales y de no agresión firmados con Persia. La apuesta de derrocar a Artajerjes era arriesgada, pero si conseguían vencer los beneficios vendrían entonces de manos de su hermano Ciro, quien se había comprometido a firmar acuerdos mucho más beneficiosos. Sin embargo, si el ejército era derrotado, Esparta debía hacer desaparecer a los 10.000, porque serían una prueba viva de la violación de los acuerdos que se tenían con el Imperio Persa. – Además, estos últimos tampoco podrían permitir que se conociera que un ejercito como ese había llegado hasta las puertas de Babilonia, poniendo en jaque al gran Imperio Persa. Este temor, nos enseña la historia que luego se materializó, porque cuando Alejandro Magno preparó su propia expedición contra los Persas, había estudiado minuciosamente la obra de Jenofonte. -
A pesar de esta advertencia, Jenofonte decide alistarse, no como personal militar, sino como escritor y documentalista de la hazaña. Una suerte de reportero de guerra. Esta posición le daba bastante libertad para poder moverse entre las unidades sin recibir órdenes directas de ninguno de los comandantes. La expedición arrancó y Jenofonte comenzó a hacer su trabajo. A diario copiaba en un papiro las vicisitudes del día, los kilómetros recorridos, las escaramuzas, las batallas, las aldeas saqueadas, los pueblos visitados. De todo aquello, nos ha llegado a nuestros días su obra Anábasis a la que terminó de darle forma luego de la expedición. Pues bien, Valerio Massimo Manfredi, conociendo ampliamente la historia, habiendo visitado, como dice más arriba, todos los puntos de la expedición, en su viaje de ida, y en el de vuelta -que fue duro y tormentoso- nos propone ahora esta visión suya de los hechos y que, según otras críticas de gente que conoce más yo, es fiel a los acontecimientos que realmente sucedieron en la historia de Jenofonte.
Estimados compañeros, dije al principio que ayer me leí la novela, y es que es de esas que una vez que se comienzan es difícil de abandonar. En ella uno puede llenar esos huecos vacíos que existen entre nombres de lugares, de personas y cifras de años cuando accede a la historia del mundo antiguo. En ella, el autor carga de personalidad a aquellos personajes que hoy conocemos por esculturas o por libros clásicos. Obviamente la recomiendo, no solamente por ser una literatura agradable y didáctica, sino además, y fundamentalmente, porque es una magnífica puerta hacia la curiosidad y el encuentro con los textos clásicos.
Reciban mi abrazo y mi sonrisa,
Narwhal Tabarca.
Estimados compañeros,
Hoy les quiero hablar de esta novela de Julio Verne que, si bien es mundialmente conocida, muy poca gente ha reparado en su belleza y su lectura.
En el siglo XIX, sobre el 1818, un grupo de tres personas se ven engullidos y prisioneros dentro de un monstruo marino al que habían intentado dar caza. Un monstruo que, luego descubrirán que no es más que el fruto de la genialidad de un hombre misterioso: el capitán Nemo, es decir, el capitán nadie. Este hombre, una suerte de Subcomandante Marcos, de Robbin de los mares, de Ernesto Che Guevara, es todo lo que podemos considerar un antisistema de aquellos años. Asqueado de la tierra y de las personas que la habitan, por razones que no se desentrañan a lo largo de la obra, aunque sí se insinúan, opta por la vida en el mar. Desde allí, reunido por un grupo misterioso de fieles seguidores, y a bordo de su propio invento, surca los mares en todas sus dimensiones.
Es aquí donde quiero poner el hincapié en este comentario al libro. Y es que, con independencia de lo novedoso del invento de Julio Verne, con la invención de su Nautilus, esta novela no puede dejar de ser una insinuación de las ideas políticas del escritor, quien siempre mantuvo contactos muy cercanos con círculos socialistas y anarquistas. En efecto, el Capitán Nemo, una persona que consigue reunir una ingente suma de dinero que le da la posibilidad de crear su propia versión de la historia, lejos de las fronteras. Así, rodeado de trabajadores, unidos por una sola causa, se adentra en el mundo de los mares, en los que no existe frontera alguna, y va demostrándo, paso a paso, que su opción es capaz de llegar más lejos que la instaurada en tierra y de la cual huye.
Pero esta huída es meditada, preparada, ensañada, diría. He ahí la grandeza del capitán Nemo, y las diferencias que marca con relación a cualquier hermitaño. Nemo no es un hermitaño del mar, y tampoco junto a su tripulación, un Ali-baba con 40 ladrones, en las entrañas de los océanos. Nemo y los hombres del Nautilus son algo más que eso, mucho más diría, son personas echadas al mar para hurdir una venganza atroz y sanguinaria, y, al mismo tiempo, un Jack Costeau de aquel entonces, en el que no era posible, ni tan siquiera imaginar, que alguien pudiera dedicarse a descubrir de esa manera los fondos marinos.
En esta línea, la figura del Capitán Nemo aúna la mente del científico y el brazo del guerrero; la admiración por la vida y el brazo ejecutor de la justicia más despiadada, la ciencia como arma contra la opresión de los poderes absolutos y la muerte como lucha por encontrar un equilibrio en la balanza social y humana.
Sea como fuere, amigos míos, les recomiendo esta novela y les sugiero que, mientras la leen, tengan una conexión a internet cerca para que busquen las especies que se nombran en el libro. Un excelente trabajo de investigación científica y, sin lugar a dudas, una gran novela.
Reciban mi abrazo y mi sonrisa siempre,
Narwhal Tabarca.
Dice Borges:
Noches pasadas, me detuvo un desconocido en la calle Maipú.
- Borges, quiero agradecerle una cosa – me dijo. Le pregunté qué era y me contestó:
- Usted me ha hecho conocer a Stevenson.
Me sentí justificado y feliz. Estoy seguro de que el lector de este volumen compartirá esa gratitud. Como el Montaigne o el Sir Thomas Browne, el descubrimient de Stevenson es una de las perdurables felicidades que puede deparar la literatura.
Robert Louis Stevenson nació en Edimburgo a principios de 1850. Sus padres fueron ingenieros contructores de faros; una línea famosa rememora las torras que fundaron y las lámparas que encendieron. Su vida fue dura y valerosa. Guardó hasta el fin, como él escribió de un amigo suyo, la voluntad de sonreír. La tuberculosis lo llevó de Inglaterra al Mediterráneo, del Mediterráneo a California, de California, definitivamente, a Samoa, en el otro hemisferio. Murió en 1894. Los nativos lo llamaban Tusitala, el narrador de cuentos; Stevenson abordó todos los géneros, incluso la plegaria, la fábula y la poesía, pero la posteridad prefiere recordarlo como narrador. Abjuró del calvinismo pero creía, como los hindúes, que el universo está regido por una ley moral y que un rufián, un tigre o una hormiga saben que hay cosas que no deben hacer.
Andrew Lang celebró en 1891 “las aventuras del príncipe Floristán en un Londres de cuento de hadas”. Ese Londres fantástico, el de los dos relatos iniciales de nuestro libro, fue soñado por Stevenson en 1882. En la primera década de este siglo lo exploraría, venturosamente para nosotros, el Padre Brown. El estilo de Chesterton es barroco; el de Stevenson, irónico y clásico.
El alter ego, que los espejos del cristal y del agua han sugerido a las generaciones, preocupó siempre a Stevenson. Cuatro variaciones de ese tema están en su obra. La primera, en la hoy olvidada comedia Deacon Brodie, que escribió en colaboración con W. E. Henley y cuyo héroe es un ebanista que es también un ladrón. La segunda, en el relato alegórico Markheim, cuyo fin es imprevisible y fatal. La tercera, en El extraño caso del Doctor Jekyll y Mr. Hyde, cuyo argumento le fue dado por una pesadilla. Esa historia ha sido llevada más de una vez al cinematógrafo; los directores invariablemente encargan a un solo actor el papel de ambos personajes, lo que destruye la sorpresa del fin. La cuarta, la balada Tikonderoga, donde el doble, el fetch, viene a buscar a su hombre, un highlander, para encaminarlo a la muerte.
Robert Louis Stevenson es uno de los autores más escrupulosos, más inventivos y más apasionados de la literatura. André Gide ha escrito de Stevenson: “Si la vida lo embriaga, es como un ligero champagne”.
J. L. BORGES
BIBLIOTECA PERSONAL
Por lo que veo, hablar de Stevenson es como hablar de una isla abrupta y llena de recovecos y sorpresas. Quizá como las que él mismo ingenia, con barrizales ponzoñosos perdidos en medio del Caribe. Borges habla de él en su biblioteca personal y, sorpresivamente, no hace apenas alusión a la obra que recomienda. No le juzgo, yo entré en Stevenson, como ese amigo suyo que le asaltó por la calle, es decir, gracias a su recomendación, y, sin embargo, descubrí una obra que ni tan siquiera nombra en esta crítica: El dinamitero. En “Las nuevas noches árabes” puede viajar a lugares de oriente perdidos dentro de los brillos del diamante del Rajá, objeto mágico, en sentido literario, en torno al cual se desarrolla toda la trama. Pero ello no obstó a que, una vez la hube terminada, no siguiera acompañado de sus mismos personajes hasta el final de “El dinamitero”. Entonces llegué hasta Cuba, y las Antillas, y el Vudú, los rituales, los sacrificios, la esclavitud…
Stevenson ha clavado mis ojos en sus letras, no en vano en la contraportada del libro leo En 1882 Stevenson reúne estos primeros cuentos en un volumen titulado “Las nuevas noches árabes”. Su caracter fragmentario no impide que la obra pueda leerse como una novela, pues las historias se entrelazan, al estilo de Las Mil y Una Noches, bajo un denominador común: la aventura de la supervivencia en un medio hostil. Entre estos relatos se encuentran El Club de los Suicidas, El diamante del Rajá, y el Pabellón de los Links -cima del genio narrativo de Stevenson, según Conan Doyle, quien lo consideraba “el mejor cuento del mundo”. La presente edición incorpora la novela El Dinamitero (1885), sobre los atentados cometidos en 1884 en Londres por militantes independentistas irlandeses, por cuanto enlaza con los demás relatos a través del personaje común del Príncipe Florizel.
Efectivamente, cada uno de los cuentos de Las Nuevas Noches Árabes, brilla por su originalidad y su trama. Un club clandestino de personas que quieren acabar con sus vidas, y que no encuentran el coraje necesario para hacerlo, un niño pobre que, por azar del destino, se ve conversando con un aristócrata acerca de la honradez y las necesidades básicas del hombre, otro joven noble que huye despavorido de quien le sigue para acabar en una casa, cuya puerta tiene manecilla solo en su cara exterior, y acaba envuelto en una cuestión de honor so pena de muerte.
Sé que todo parece una ensalada. Pero les aseguro, queridos amigos, que jamás he tenido tan buena digestión después de tanta variedad aliñada con una salsa común: la de la intriga, el misterio, la imaginación, el viaje y, ni que decir tiene, la buena literatura. Una serie de obras para quien desee conocer al Stevenson que trasciende de su obra más conocida: El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde.
Reciban mi abrazo, mi sonrisa, y mis deseos de que tengan buen provecho de este manjar.
Narwhal Tabarca.
Queridos amigos,
hace apenas diez minutos publiqué el post anterior sobre otra cita del Imperio Jesuítico de Leopoldo Lugones. No quiero romper la dinámica que he seguido en las críticas de los libros recomendados en la biblioteca personal de Borges, así que le paso la palabra y luego sigo con ustedes.
“Cabe decir que el hecho capital de la vida de Alonso Quijano fue la lectura de los libros que lo indujeron a la singular decisión de ser don Quijote. De un modo análogo, el descubrimiento de un texto fue para Lugones algo no menos vívido que la cercanía del mar o de una mujer. Detrás de cada uno de sus libros hay una sombra tutelar. Detrás de “Los crepúsculos del jardín”, cuyo nombre ya es un poema, está la sombra de Albert Samain; detrás de “Las fuerzas extrañas”, la de Edgar Allan Poe; detrás del “Lunario sentimental”, la de Jules Laforge. Así es, pero sólo Lugones pude haber escrito estos libros, de fuentes tan diversas. Trasladar al rebelde castellano las cadencias del simbolismo no es poca hazaña. Homero, Dante, Hugo, Walt Whitman fueron esenciales para él.
Con “Rubén Darío y otros complices” (la frase es de Lugones) emprendió la máxima aventura de las letras hispánicas: el modernismo. Este gran movimiento renovó los temas, el vocabulario, los sentimientos y la métrica. Iniciado de este lado del mar, el modernismo cundió a España, donde inspiró a poetas quizá mayores, a Juan Ramón Jimenez y a los Machado.
Hombre de convicciones y de pasiones elementales, Lugones forjó un estilo complejo, que influyó benéficamente en López Velarde y en Ezequiel Martínez Estrada. Este exornado estilo solía no condecir con los temas. En “El payador” (1915), que inauguró el culto del Martín Fierro, hay una evidente desproporción de la llanura, que los hombres de letras llaman la “pampa”, y los intrincados períodos; no así en “El imperio jesuítico”. En 1903, el gobierno argentino le encargó la redacción de esta memoria, que es ahora este libro. Lugones pasó un año en el territorio donde la Compañía de Jesús ejecutó su extraño experimento de comunismo teocrático. En estas páginas hay una afinidad natural entre la exuberancia de su prosa y la de las regiones que nos revela.
Es interesante comparar este “ensayo historico” de Lugones con el trabajo análogo de Groussac sobre el padre José Guevara y su Historia del Paraguay. Lugones registra las leyendas milagrosas que pululan en los textos de los jesuitas; Groussac insinúa, al pasar, que una fuente probable de esa milagrería fue cierta bula que se refiere a la canonización con estas palabras precisas: “las virtudes no bastan sin los milagros”.
Leopoldo Lugones nació en la provincia mediterránea de Córdoba, en 1874, y se dio muerte en 1938, en una de las islas del Tigre.”
J.L. Borges, “Biblioteca Personal”
Realmente me parece pretencioso hacer una crítica sobre este libro, después de las palabras de Jorge Luis Borges. Indudablemente queda claro que Lugones fue el escritor más admirado por él (no lo digo yo, sino él en varios sitios). Pero mantendré la compostura y afrontaré el reto -aún sabiendo que media una insalvable distancia entre él y yo -.
Les puedo decir que esta obra de Leopoldo Lugones (la primera que leo), me ha dejado perplejo en muchos sentidos. Lugones demuestra con ella que sí se puede escribir sobre historia desde la objetividad y la verdad. Ciertamente, esta obra no es otra cosa que un estudio de investigación serio y riguroso acerca del imperio que los Jesuítas impusieron en el antíguo Paraguay o, lo que es lo mismo, las tierras guaraníes a la sazón.
Mientras lo fui leyendo, la mente se me iba, en ocasiones, a reflexiones que me llevaban a un estado de lucidez tremendo. Lástima que la memoria humana sea efímera para muchos de los buenos pensamientos, y que esta obra tenga tantas puertas hacia ese estado que, habiendo entrado en una, uno se siente llamado por la siguiente. El Imperio Jesuítico de Lugones es un estudio impresionante. Y digo bien. Las primeras 30 páginas resumen magistralmente la historia de sudamérica y España, desde el momento de la conquista del Nuevo Mundo, hasta el reinado de Carlos III. Y lo hace a una velocidad de espanto, pero con una claridad aplastante. Luego ya, entrados en materia, va narrando las vicisitudes de la historia del paso de los padres jesuítas por los territorios guaraníes.
Es cierto, y ahora entiendo porqué, los jesuítas impusieron un auténtico régimen comunista y, sin embargo teocrático en sus dominios. Todos los hombres eran iguales, pero iguales en la miseria. Ningún resquicio se dejaba al arbitrio del progreso individual, ya que todo el avance (si es que lo había) era de la colectividad. Los indíos pasaron así de un estado silvestre – no salvaje, aunque sí selvático- a otro de sumisión completa so pena de muerte. Los Jesuítas, por su parte, no comían de los platos que preparaban, y les asistían tremendos privilegios, que los definiría incluso como arios. Así, eran ellos quienes determinaban lo que debían estudiar todos y cada uno de los indios guaraníes, cómo debían de vestir (llevaban uniformes), donde debían vivir (todas las casas eran iguales, e, incluso, después del matrimonio – etapa que en todas las culturas del mundo supone un paso hacia la libertad individual – estaban sometidos a los designios y los caprichos de los padres jesuítas.
En cierta medida, Ernesto Guevara promulgaba en sus discursos algo parecido en cuanto a la necesidad de que las desiciones de cada individuo fueran tomadas por el gobierno de la revolución, en pos de una búsqueda de satisfacer los intereses de la colectividad. Incluso defiende que será el gobierno de la revolución quien determine qué carrera debe estudiar cada uno de sus súbditos. Recuerden el post que puse antes que este, la libertad se tiene como un engendro miserable e innecesario de la ley, y ahí comienza todo el error, según creo.
En esta línea, las posturas de los jesuítas y las de Ernesto Guevara (personaje admirado por quien escribe, aunque no por ello no analizado como a un igual), se parecen en exceso e, incluso, diría que se confunden y, lo que es peor, se identifican. No podemos pretender, bajo pretexto alguno, que la colectividad eclipse al individuo, máxime cuando la voz de dicha colectividad está en manos de uno o unos pocos. El riesgo que se corre, de ser así, no es otro que el de identificar a todo un pueblo, sus deseos, sus necesidades, con la figura de una sola persona, que dice ser el portavoz de toda la colectividad. Yo represento al pueblo, yo soy el pueblo, yo pienso como el pueblo, el pueblo piensa como yo, yo pienso por el pueblo. La desembocadura de todo ello es la dictadura, el autoritarismo, o, en el mejor de los casos, el despotismo ilustrado que practicó en España Carlos III.
No queridos amigos, el pueblo es el pueblo, los ideólogos son los ideólogos, los revolucionarios son los revolucionarios y cada uno en su habitáculo aporta una cosa buena a la sociedad. Así el individuo se beneficia de todo ello, y goza de la libertad como de un bien en sí mismo, no como una concesión de la ley a la que se debe estar agradecido. El eclecticismo en esto es dañino, lo dice la historia a gritos. Es natural y esto agiliza las desiciones y hace posible la buena marcha de una colectividad, que el pueblo elija a sus dirigentes, o, que como resultado de una dictadura previa, los revolucionarios tomen el poder en nombre del pueblo. Pero más importante es que la lucha revolucionaria por la colectividad acabe devolviéndole el poder al pueblo en todo caso, aunque dicha lucha haya supuesto un riesgo cierto para la vida propia. Porque debe ser el pueblo, y no quienes lucharon por él, quien determine su futuro y su presente. De no ser así, la lucha revolucionaria no habrá sido un acto de generosidad y respeto al pueblo, sino una toma de reserva de los mejores puestos en la sociedad por la que se lucha.
De momento no tenemos otro sistema que el democrático, y hace aguas por todas partes. Sin embargo, aúna estos dos aspectos fundamentales: la libertad personal y la satisfacción de los intereses de la colectividad.
Esto no significa que podemos dormirnos en los laureles. Este bienestar individual que gozamos en este sistema tiene un tributo demasiado cruel para otros paises del globo (no hace falta recordar los cayucos), y esto, por sí solo, hace que tampoco se pueda sostener el sistema democrático que hoy nos asiste y que, claramente, está reventando desde su base.
Quizá los jesuítas se aproximaron al comunismo pensando que sería la panacea del bienestar colectivo. Pero algo falló: la creencia en una verdad absoluta, esa gran torpeza de la iglesia que la ha convertido a lo largo de los siglos en la mayor aniquiladora de culturas y religiones, y la inexistencia de las garantías y de los derechos humanos, anacrónicos con aquella época. La misma creencia que tuvo el Che en sus discursos, no ya con la religión, pero sí con la verdad absoluta que para él y los suyos soponían sus ideas revolucionarias comunistas. Indudablemente, en toda colectividad hay un grado de homogeneidad y otro de heterogeneidad. La unidad de un pueblo está determinado por el primero, pero jamás se puede olvidar el segundo. El hombre, así tomado de uno en uno, es un amalgama de derechos y libertades nada desechable y legítimamente respetable. Luego, el grado de homogeneidad no debe buscarse a la fuerza, aniquilando a los disidentes; antes bien, hay que defenderlo desde una concepción más digna y realista.
Si tomaráramos a la humanidad entera como una colectividad en si misma, respetando sus costumbres y favoreciendo el mestizaje y el conocimiento mutuo posiblemente podríamos hablar más positivamente del futuro político del hombre. La abolición de las fronteras, entonces, nos conduciría a un comunismo social y prudente, que entendiera que lo común no implica excluir al ser humano como individuo, sino integrarlo, aceptarlo y tenerlo en cuenta. Un solo pueblo: la humanidad sin fronteras, cuyos dirigentes estén, eso sí, controlados por el pueblo, y jamás a la inversa. Pero estas divagaciones mías puede que sean más propias de un visionario que de un hombre cuerdo. De momento que hablen los abrazos.
Sea como fuere queridos amigos, si les gusta la historia, y los libros muy bien escritos este libro no pueden dejar de saborearlo. Por cierto, y en cuanto al estilo, cada palabra es una ficha de un puzzle que cuadra perfectamente. Da la sensación de que no hay palabra alguna sustituible. Toda una delicia para los amantes de la narración.
Reciban mi abrazo y mi sonrisa.
Narwhal Tabarca.
“Hay escritores cuya obra no se parece a lo que sabemos de su destino; tal no es el caso de Herman Melville, que padeció rigores y soledades que serían la arcilla de los símbolos de sus alegorías. Nació en New York en 1819. Vástago de una gran familia venida a menos, de severa tradición calvinista, perdió a su padre a los trece años. A los diecinueve emprendió la primera de sus largas navegaciones; fue como marinero a Liverpool. En 1841 se alistó´en una ballenera que zarpó de Nantucket. El capitán era muy duro con su gente; Melville desertó en una de las islas del Pacífico. Los isleños, que rean caníbales, lo acogieron. Cien días y cien noches pasaron y lo rescató una nave australiana. A bordo de esa nave, Melville capitaneó un motín. Hacia 1845 volvería a New York. (…)
Bartleby, que data de 1856, prefigura a Franz Kafka. Su desconcertante protagonista es un hombre oscuro que se niega tenazmente a la acción. El autor no lo explica, pero nuestra imaginación lo acepta inmediatamente y no sin mucha lástima. En realidad son dos los protagonistas: el obstinado Bartleby y el narrador que se resigna a su obstinación y acaba por encariñarse con él.”
J. L. Borges. “Biblioteca Personal”
Queridos amigos,
aún estoy en el aire después de terminar esta novela corta de Herman Melville. Me parece raro que su autor sea el mismo que escribió Benito Cereno, o Moby Dick. Realmente no se que esperaba del lector, pero si era dejarlo en el aire haciéndose mil preguntas, lo ha conseguido desde luego. Este Bartleby está caracterizado por su terquedad casi cómica. Un señor salido de la nada que se niega a todo cuanto se le pide con tan solo una frase: preferiría no hacerlo. Esto, llevado la sus últimas consecuencias hace que todo se desenlace de una forma inesperada y, por supuesto, bastante atrevida. Algo en mi mente quiere encontrar ahora una cierta similitud con la novela El extranjero de Albert Camús, solo que en la de Melville el protagonista es completamente hermético sin motivo aparente. Es, precisamente, este extremo el que me ha dejado bastante extenuado. Su conducta no se explica, salvo al final que se quiere dar un ligero apunte y que, como es obvio, no les puedo contar. Sin embargo, este ligero apunte se presenta como una incitación a la sospecha o a la actividad de la propia imaginación en busca de unas causas que no se aprehenden del todo.
Le doy la razón a Borges. Es una novela que recomendaría, aunque aún no se bien por qué. Esto solo me ha pasado hasta la fecha con la de Albert Camús. Si la leen, espero que sepan entenderme. Si la entienden, espero que sepan explicármela.
Reciban mi abrazo, mi sonrisa y las dudas que ahora albergo.
Narwhal Tabarca.
“Obra del divino poder, de la suma sabiduría y, curiosamente, del primer amor, el infierno de Dante, el más famoso de la literatura, es un establecimiento penal en forma de pirámide inversa, poblado por fantasmas de Italia y por inolvidables endecasílabos. Harto más terrible es el de Heart of Darkness, el río de África que remonta el capitán Marlow, entre orillas de ruinas y de selvas y que bien puede ser una proyección del abominable Kurtz, que es la meta. En 1889, Teodor Josef Konrad Korzeniowski remontó el Congo hasta Stanley Falls; en 1902, Joseph Conrad, hoy célebre, publicó en Londres Heart of Darkness, acaso el más intenso de los relatos que la imaginación humana ha labrado. (…) The End of the Tether (Con la soga al cuello) , no es menos trágico. La clave de la historia es un hecho que no revelaremos y que el lector descubrirá gradualmente. En las primeras páginas ya hay indicios.
H.L. Mencken, que ciertamente no prodiga los ditirambos, afirma que Con la soga al cuello es una de las más espléndidas narraciones, extensa o breve, nueva o antigua, de las letras inglesas. Compara los dos textos de este libro con las composiciones musicales de Sebastián Bach.
Según el testimonio de H.G. Wells, el inglés oral de Conrad era muy torpe. El escrito, que es el que importa, es admirable y fluye con delicada maestría.
Hijo de un revolucionario polaco, Conrad nació en Ucrania, en el destierro, en 1857. Murió en el condado de Kent en 1924.”
J. L. Borges “Biblioteca Personal”
Estimados amigos,
Esta novela tiene algo especial. No deja de ser otra novela de navíos, al más puro estilo Melville, y, sin embargo, no es solo eso. Es conocido que Joseph Conrad fue marino y, como dice la contraportada de la edición de Espasa que he leído: “La pasión que sentía por el mar le llevó a ser primero marino y después escritor. Para Conrad el mar era un instrumento de visión, al igual que la literatura, de ahí que de sus viajes sacara el material que posteriormente reflejaría en sus novelas”. Si tenemos en cuenta que Conrad nació en el año 1857 y su primera novela “El corazón en las tinieblas” la publicó en el 1902 nos daremos cuenta de que empezó con el oficio literario a la entrada edad de 45 años. Edad en que decidió apartarse de la navegación de forma activa y dedicarse a la ficción en torno a ella. En esta línea, “Con la Soga al Cuello”, narra la etapa última de la historia de un capitan de la marina mercante, el Capitán Whalley, que, viejo y arruinado, recibe una misiva de su hija desde el extranjero pidiéndole algo de dinero para sobrevivir. Este hombre, un caballero recto, sabio y digno, hará cualquier cosa para poder responder a la llamada de auxilio de su hija. A lo largo de su lucha contra corriente irá lidiando con los mezquinos intereses de unos y otros que, contínuamente se impondrán en su camino.
Poco puedo y quiero referirles sobre el argumento, el factor sorpresa en esta novela es crucial y es mejor encontrarse los acontecimientos de bruces. Sea como fuere, Borges, de Joseph Conrad recomienda dos novelas, esta y la de “El Corazón de las tinieblas”. Les digo que ya tengo ganas de empezarla, Joseph Conrad tiene ese estilo cargado de paciencia, elegancia, admiración incluso, hacia los propios personajes. Es una delicia navegar sobre las palabras que escribe.
Reciban mi abrazo y mi sonrisa.
Narwhal Tabarca.
“A fines del siglo XIX, Groussac pudo escribir con veracidad que ser famoso en Sudamérica no era dejar de ser un desconocido. Ese dictamen, por aquellos años, era aplicable a Portugal. Famoso en su pequeña e ilustre patria, Jose María Eça de Queiros (1845-1900) murió casi ignorado por las otras tierras de Europa. La tardía crítica internacional lo consagra ahora como uno de los primeros prosistas y novelistas de su época.
Eça de Queiroz fue esa cosa un tanto melancólica: un aristócrata pobre. Estudió Derecho en la Universidad de Coimbra y, una vez terminada su carrera, desempeñó un cargo mediocre en una mediocre provincia. En 1869 acompañó a su amigo, el conde de Rezende, a la inauguración del canal de Suez. Pasó de Egipto a Palestina, y la evocación de esas andanzas perdura en páginas que muchas generaciones leen y releen. Tres años después ingresó en la carrera consular. Vivió en La Habana, en Newcastle, en Bristol, en la China y en París. El amor a la literatura francesa nunca lo dejaría. Profesó la estética del parnaso y, en sus muy diversas novelas, la de Flaubert. En “El primo Basilio” (1878) se ha advertido la sombra tutelar de Madame Bovary, pero Émile Zola juzgó que superior a su indiscutible arquetipo y agregó a su dictamen estas palabras: “Les habla un discípulo de Flaubert”.
Cada oración que Eça de Queiroz publicó había sido limada y templada, cada escena de la vasta obra múltiple ha sido imaginada con probidad. El autor se define como realista, pero ese realismo no excluye lo quimérico, lo sardónico, lo amargo y lo piadoso. Como su Portugal, que amaba con cariño y con ironía, Eça de Queiroz descubrió y reveló el Oriente. La historia de ”O Mandarim” (1880) es fantástica. Uno de los personajes es un demonio; otro, desde una sórdida pensión de Lisboa, mata mágicamente a un mandarín que tiende su barrilete en una terraza que está en el centro del impero amarillo. La mente del lector hospeda con alegría esa imposible fábula.
En el año final del siglo XIX murieron en París dos hombres de genio, Eça de Queiroz y Oscar Wilde. Que yo sepa, nunca se conocieron, pero se hubieran entendido admirablemente.”
J. L. Borges “Biblioteca Personal”
Estimados amigos,
efectivamente la novela de Eça de Queiroz es de aquellas obras que saben a poco. Mientras la leía me asaltaba una sutil paranoia que se identificaba con el miedo y la intriga que sentía su protagonista. Un hombre gris, ceniciento diría, sin mayores proyecciones en la vida que su bolsillo desierto, descansa en un motel tugurioso. De alguna forma fantástica, un demonio (nunca de habla de que fuera un demonio en la novela, pero no quiero contradecir a Borges ahora mismo) le propone vivir la vida de un Mandarín que está en ese mismo momento en China, sacando su barrilete, de forma placentera. Este señor gris e incrédulo acepta el ofrecimiento aún cuando ya había sido advertido de que tal aceptación supondría la muerte inminente del susodicho Mandarín. En China, el Mandarín cae redondo.
En una suerte de efecto mariposa, Eça de Queiroz describe entonces los sobresaltos de la conciencia humana cuando se percata del alcance de sus desiciones. El remordimiento y el desencuentro con la tranquilidad espiritual harán, entonces, que este nuevo rico, cargado de dinero hasta los topes, y depués de gozar la riqueza hasta su grado sumo – la infelicidad y el vacío existencial - decida ir en busca de los enlutados miembros de la familia del Mandarín mágicamente asesinado.
Y así transcurre gran parte de la novela, narrando este viaje al fondo del imperio Chino y del conocimiento propio del lector.
Mi conclusión al respecto es bien clara, quizá, el escritor portugués quisiera hacer una obra que demostrara que el desconocimiento del alcance de nuestros actos, puede llevarnos a cometer atrocidades que jamás tendremos el horror de conocer. Irremediablemente, somos la causa de muchos efectos indeseados, y no somos conscientes de ello, o no queremos serlo. Entronco, entonces, todo esto con mi casi obsesión por llegar a Shangai en moto, el único motivo es el de ir conociendo la realidad de aquellos paises que no salen en los modernos GPSs pero que quizá sean, incluso, quienes explotados, los construyen. Sé que es un reduccionismo extremo de las concecuencias últimas pretendidas en este líbro, pero pretendo solo acercarme a lo específico de las enseñanzas que me aporta.
Estimados amigos, Borges nos recomienda esta novela, yo lo patrocino.
Reciban mi abrazo y mi sonrisa.
Narwhal Tabarca.
Estimados compañeros,
anoche acabé la autobiografía del premio Nobel de Literatura, el chileno Nertalí Ricardo Reyes Basoalto (Pablo Neruda).
Después de leerla, me quedo con una impresión bastante confusa de su persona y su vida. Me da la sensación de que este hombre tuvo mucha suerte, buena y mala (como diría Oscar Aguado). Efectivamente, con 19 años publica su primer libro. Luego, con 23, y de la manera más sencilla del mundo, es nombrado Cónsul ad honorem en Ragoon, una zona de Birmania que ni él mismo sabía donde estaba cuando aceptó. Es cierto que antes de su nombramiento había sido un gestor activo de la poesía en su tierra natal, publicando libros, poemas sueltos e, incluso, siendo Presidente del Ateneo de Temuco, entre otras muchas cosas. Pero lo que no deja de ser verdad es que con 23 años ya era Cónsul. Me gusta recalcar esto. Ya que su nombramiento le otorgó las grandes puertas al mundo y la facilidad de dedicarse casi exclusivamente a la poesía y la lucha comunista.
No tengo intención de hacer aquí una paráfrasis de lo que fue su vida. Todo lo contrario. Cuando terminé el libro, intuitivamente me quedé observando una fotografía de un Neruda con sombrero, en blanco y negro, que decora la portada de sus obras completas de la editorial RBA, e inconscientemente le pregunté a los ojos: “tú quien eres?”. Pronto me dí cuenta de la carcajada facil que podría haber soltado quien me viera (por suerte estaba solo), pero aquella pregunta me hizo reflexionar acerca del libro. Y es que, Confieso que he vivido no es otra cosa que un mero anecdotario cargado de historia. Sin embargo, Neruda no habla de sí mismo, de lo que siente o piensa más que en contadas ocasiones y de forma muy velada y, por supuesto, muy diplomática. No me cabe duda de que esto último le viene por la profesión. Sin embargo, tampoco es menos cierto que deja entrever a los ojos de un avezado lector, bastante de todo cuanto conformó su esfera sentimental.
Es curioso, y para corroborar mis opiniones cito algunos ejemplos. Cuando va a recojer el premio Nobel en ningún momento hace alusión a lo que sintió, lo que para él suponía todo aquello, las emociones o los sentimientos, nada. Simplemente se limita a retratar la ocasión como si de una fría película se tratara. Lo mismo sucede cuando habla de las mujeres que pasaron por su vida, o la mangosta que se le perdió en la India, por citar algunos ejemplos.
Cuando sí parece que se deja llevar por sí mismo es, curiosamente, cuando narra los problemas que le pusieron a última hora en aquel momento en que iba a embarcar a los republicanos exiliados de España hacia Chile. Pero, al hacerlo, siempre es recordando la furia que aquello le provocó.
Nada de esto que digo debería ser contraproducente. Me refiero a la impresión de su forma de contar la vida que ha tenido. Como dije antes, Pablo Neruda fue un señor que tuvo mucha suerte, mala y buena. Mala, porque, de una u otra manera siempre estaba en el lugar del problema, en el salón donde se debatiría cada hito importante de la historia más reciente. Estuvo en España durante la guerra civil (abandonó Madrid en el 37), vió incluso como bombardeaban el Palacio de Linares y como los republicanos sacaban por la ventana el gran oso blanco disecado del Duque de Alba, estuvo relacionado con los japoneses que abandonaban América justo antes de los acontecimientos de Pearl Harbour, vivió en París cuando estaba siendo ocupada por el ejercito fascista, conoció a Stalin, a Castro, al Che, a Videla, fue íntimo amigo de Salvador Allende, no soportaba a Cesar Vallejo, admiraba a Vicente Huidobro. Intimó con Lorca, con Alberti, con Miguel Hernandez (con el que vivió en Madrid una temporada). Es decir, tuvo la mala suerte de estar en el momento de los conflictos cuando éstos se fraguaban, se exilió de Chile apenas dos años después de ser proclamado senador y luego desaforado, y, sin embargo, siempre tuvo una posición privilegiada en todos ellos. Era una suerte de protegido divino. Si fue en carcelado, al día siguiente le pidieron disculpas, si estuvo en medio de la guerra civil, tuvo la facilidad de salir de España cuando quiso, para volver a entrar aún durante la guerra. Si estuvo con los exiliados republicanos, era el ángel salvador que los sacó de Francia rumbo a Chile, si estuvo perseguido en Chile, encontró rápidamente una vía de escape sin más aspavientos. y, además, si tuvo la oportunidad de dedicarse casi exclusivamente a las letras, le dieron el premio nobel.
Nada le resta mérito. A donde quiero llegar es a que Pablo Neruda fue un señor que llevó a cabo el lema de mi vida: “Vivimos la vida que queremos vivir”. Él lo hizo, y con esta obra lo confiesa.
Por supuesto es un libro que recomiendo. No por su literatura, sino como documento histórico importante sobre lo que fue la vida de un poeta contada a cálamo currente.
Reciban mi abrazo y mi sonrisa siempre,
Narwhal Tabarca.
” Benito Cereno sigue suscitando polémicas. Hay quien lo juzga la obra maestra de Melville y una de las obras maestras de la literatura. Hay quien lo considera un error o una serie de errores. Hay quien ha sugerido que Herman Melville se propuso la escritura de un texto deliberadamente inexplicable que fuera un símbolo cabal de este mundo también inexplicable”
JORGE LUIS BORGES. Biblioteca Personal.
A la hora de opinar acerca de esta obra, a todas luces rara dentro de la bibliografía de Melville, creo que es imprescindible hacer un pequeño parón en la oscuridad que inspira. En efecto, cuando se abre el libro y se comienzan a leer las primeras páginas, parece que la noche que viste de negro el paisaje que nos acecha desde la ventana es un artificio, y que la verdadera oscuridad nocturna se aloja toda dentro de las hojas en que nos adentramos. Melville recrea una historia aparentemente inverosímil, llena de dudas y de lagunas en la lógica de cualquier lector, pero desde la oscuridad de un barco, varado sobre las olas del mar, o bajo la noche desde sus camarotes misteriosos. No en vano Borges me la recomendó a través de su libro del que saco la cita que antecede a este texto. Una ficción de aparente inverosimilitud, fantasmagórica sin la menor mención a lo sobrenatural, y, al mismo tiempo, intrigante pero de dudosa sospecha. A lo largo de su lectura, es posible llegar a desconfiar de la humanidad, de uno mismo o incluso del propio libro que tiene entre las manos. Por momentos un atisbo de lucidez parece querer alojarse en el entendimiento, sin embargo, en el instante siguiente uno puede llegar a sentirse vulnerable e indefenso por haber bajado la guardia tan solo unos segundos.
Realmente la historia que se cuenta no tiene mayor trascendencia. Como es de esperar en Herman Melville, el mar tiene gran parte de protagonismo. Pero en este caso la gran ballena blanca se viste de otra guisa, para que intentemos descubrir cuánto en ella es traje de carnavales y cuánto es verdadera carne. Evidentemente no hay ballenas en Benito Cereno, pero desde el comienzo de este apunte decidí no hacer excesiva referencia a la trama, para no agüarle la fiesta a quien se asome a los bordes de este barco. Por eso, vengo obligado a usar metáforas y perífrasis, quizá con el ilusorio intento de recrear en parte el magnifico ambiente que crea el autor, aunque sea imposible hacerlo aquí.
Sea como fuere, estoy satisfecho de haberla leído. Podría asegurar, y aprovecho estas líneas para hacerlo, que es de aquellas novelas que leemos una vez en la vida, pero que luego, seguimos respirando su aliento ya para siempre. Si algo puedo hacer después de volver a tierra, es recomendarla.
Un fuerte abrazo.
Santiago Tabarca.
Algo parecido me sucedió, cuando entré en Los Borgia, a lo que me había pasado con el Nombre de la Rosa, solo que desde que acabé el libro, abrí la enciclopedia y me dí cuenta de que ya sabía infinitamente más sobre Cesar y Lucrecia Borgia que la somera descripción enciclopédica.
Desde la novela, Mario Puzo, me había explicado una parte de la historia del Vaticano y de lo que fueron los Estados Pontificios, de los excesos del Papa y los cardenales, incluso de la persona de Maquiavelo, a quien pude personificar, reforzando así el concepto que tenía de él de hombre frío, inteligente y falto de escrúpulos.
Realmete es una historia de la mafia. Posiblemente de la mayor y más influyente familia de mafiosos de la historia. Ello me mereció una reflexión. El Papa Borgia (el gran Don), aún siendo la cabeza visible de Cristo en la Tierra, y Señor (rey) de un reino como los Estados Pontificios, se ve obligado a salirse de un sistema cuyo máximo representante es él, en el cual no cree, para desarrollar su ley y su sistema de conductas paralelo. No cabe otra interpretación, creo entonces, que la de considerar al Papa Borgia como un enemigo de sí mismo, como Papa y como persona.
Sin embargo, pocas son las ocasiones en que se plantea este necesario conflicto. Son pocas, digo, pero suficientes. Después de la muerte de Juan, el Papa propone una reforma de la Iglesia de la que luego desiste: los intereses personales cobran importancia en detrimento de los de su pueblo, sus fieles y su religión. Pero, lejos de suponerle todo esto un trauma psicológico o existencial, asume los acontecimientos con descarada aceptación y consumado triunfo.
Por otra parte, siento cierta identidad con Cesar. Él tenía un problema real y un serio conflicto psicológico importante. El guerrero se veía obligado a orar. Más tarde, cuando cuelga los hábitos y se dedica a las armas, parece obtener la felicidad que siempre anheló. Algún día he de dejar de lado todo lo que me separe de mi camino (reflexiono ahora a raiz de todo ello) y dedicaré mi vida de lleno a mis armas: la literatura y la lucha social.
En cuanto al estilo, solo surge una palabra de mis labios, y con ella concluyo: Magistral.
(Tirajana, 6 de agosto de 2005)
Un abrazote, compañeros,
Santiago Tabarca.
Me acerqué a “El nombre de la rosa” conociéndo de ella tan solo el nombre. Me ha bastado una lectura para entender que es un libro de referencia al que se debe volver asíduamente. Umberto Eco demuestra su valía como escritor, ya que realmente convierte una novela en un hecho cosmológico.
Lejos de ser una obra que a todos deje indiferente, este libro rezuma largas horas de estudio y trabajo en cada una de sus hojas. El mundo que presenta – por otro lado, cerrado en sí mismo perfectamente – es, a la vez, todo ficción y realidad. Gracias a él he conocido a los Fraticelli hasta el punto de entenderlos, de identificarme con ellos, haciendo míos tanto su amor por la pobreza, como su crítica a la Iglesia. Y, sin embargo, el argumento es ficción pura.
Como Umberto Eco explica: “solo quería quemar una abadía y ese fue el germen, la chispa que dio vida al Nombre de la rosa”. Mientras lo leía, las ideas se me confundían como las hebras de una cuerda deshilachada. No hice más que tirar de ella y, de a poco, fui viendo el cuerpo del cabo que se iba ordenando hasta trenzarse magistralmente.
Luego ya, el estudio científico que hace el autor al final de la obra (en la edición que leí), lo sentí como un guiño de invitación a volver a escribir novelas yo mismo. Mucho es lo que obtengo de este libro, pero más aún lo que aprendo de las enseñanzas de Umberco Eco. Después de leerlo he empezado a trabajar en un proyecto, algo tendrán las palabras de Eco, entonces, que me invitan a seguirle los pasos, y esto solo puede llamarse de una forma: maestría.
El estilo es muy elegante, clásico pero aireado y fresco. Se lee sin ninguna dificultad (exceptuando la primera parte plagada de cultismos y latinismos). Veo influencias de Dante Alighieri en los resúmenes previos de cada capítulo – sin duda se debe más a una imitación del estilo propio de aquel tiempo que a un recurso exclusicamente Dantesco -.
Sin embargo, he encontrado excesivo el capítulo del sueño de Adso de Melk. Creo que la obra, en él, pierde su ritmo habitual y llega a hacerse incluso desesperante. Su lenguaje apocalípto y caótico puede causar en el lector el efecto de dar un humilde salto al siguiente capítulo.
Todo lector que se precie, sugiero, debería leer esta obra de arte.
(Tirajana, 6 de agosto de 2005)
Un fuerte abrazo, compañeros.
Santiago Tabarca.
La innata obsesión del hombre por un absoluto le puede llevar a descubrirse así mismo, y a destruirse.
Grenoille es una artista. ¿Qué diferencia hay entre él, siendo un perfumista excepcional, y el poeta del cuento de Borges?. Ninguna. Encuentro una misma obsesión entre ambos: el arte en estado puro, en el cual – y solamente en él – la humanidad se rinde, se deja embriagar del mensaje que transmite, sucumbe a su merced y se transforma. Es ahí donde el arte ve y repira su verdadero sentido: en la transformación del hombre, en la revolución. La crisis de lo falsamente objetivo en una sola expresión, la libertad que se ofrece tras la manipulación que el arte puro ejerce sobre el hombre.
No hay contrasentido en lo que digo: Libertad surgida de la manipulación. Todo lo contrario; el hombre – que ya vive manipulado por un medio que le es hostil – se deja seducir por el arte – como espejo hacia sí mismo - y así se descubre en sus miedos, sus anhelos, su propias emociones y sus energías desapercibidas.
En esta línea, al final de la novela, el pueblo entero, hechizado por el Perfume o la Esencia definitiva, se acepta en sus propios vicios, tentaciones, temores y deseos. Unos lloran, otros sienten una ternura atroz, otros (los más) fornican. A esta manupulación me refiero, cada cual recibe el aroma según él mismo. Quienes lloran se sienten culpables por la crueldad del sistema, los tiernos ahora quizá fueran malévolos ciudadanos cegados por la ira antes, los fornicadores, amantes reprimidos.
El arte puro, entonces, se presenta aquí como un acceso a la duda, a la esencia perdida del hombre/mujer, a la libertad impune, en definitiva, a la utopía.
No he visto la película aún. Sin embargo, recomiendo esta novela tan conocida.
(Tirajana, 6 de agosto de 2005)
Un fuerte abrazo,
Santiago Tabarca.

Uno de los mejores regalos que me han hecho. Cuando Julio Espino y Ana vinieron a verme Gran Canaria me trajeron, según decían, dos sorpresitas. Una de las cuales era LOS GIRASOLES CIEGOS de Alberto Méndez. Un nombre completamente desconocido para mí y para muchos cuya obra literaria es corta, apenas un libro, este, que recoge cuatro cuentos largos sobre lo que nunca se ha escrito de la manida temática de la guerra nacional. Me he quedado muy sorprendido, entre otras cosas, porque con tan solo un libro editado (y quien sabe si escrito) este autor ha sido capaz de desarrollar un estilo más propio de los grandes autores de reconocidos apellidos, que los de un prudente anónimo al que nadie conoce aún como él mismo se merece. Para mí sigue siendo un absoluto desconocido. No sé más de él que lo que aparece en la solapa del libro: " Alberto Méndez (1941-2004). Nació en Madrid, donde transcurrió su infancia. Estudió el bachillerato en Roma (Italia) y se licenció en Filosofía y Letras en la Universidad Complutense de Madrid. Trabajó siempre en grupos editoriales nacionales e internacionales. En 2002 quedó finalista en el Premio Internacional de cuentos Max Aub, con uno de los relatos de Los girasoles ciegos, su primer libro narrativo. Los girasoles ciegos fue galardonado con el I Premio Setenil de cuentos y posteriormente con el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Narrativa. Simplemente increíble. Este señor, cuyas facciones me son extrañamente familiares, sabiendo que no lo había visto antes -cosas que pasan, quizá un parecido con otra persona – escribió su primer y último libro narrativo y con él me ha demostrado que sigue habiendo una meta a la que sigo queriendo alcanzarme. No la de los premios, ya lo saben -no por snobismo sino sencillamente porque sé que no obto a ninguno- sino la del estilo, la pureza de la lengua, la sencillez de la narración, la creación de los ambientes. Al fin y al cabo, la sorpresa y la admiración tras cada frase que se lee, porque está bien escrita, porque es concisa, clara y atractiva, y porque cualquier huída una vez abierto el libro será siempre hacia dentro de las páginas y nunca a otro estímulo exterior. Realmente me habría gustado mucho conocer a Alberto Méndez. Y, sin embargo, me tendré que conformar con releerme su único libro con el que consiguió llegar a mi conocimiento.
Un fuerte abrazo
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