Web personal de Narwhal Tabarca
Puede desplazar la barra utilizando las teclas ← y →
Puede desplazar la barra utilizando las teclas ← y →
Queridos amigos,
He querido aguantar la noticia, para poder comentarles esto una vez que esté todo preparado. Ciertamente aún no lo está, sin embargo, ya tengo los anillos, el traje de la novia está terminado, las invitaciones en la imprenta y la ilusión a flor de piel. Efectivamente, me caso con Jorgelina Carla Méndez, una chica de Entrerríos, Argentina.
Ese día, compañeros, el río Paraná y el Océano Atlántico entrelazarán sus dedos, con vocación de eternidad. Al menos por eso intentaré luchar, para que lo que comienza en este presente tan nuestro no sea un vago recuerdo en el que nos pertenezca en el futuro.
Se que muchos no han terminado de entender las urgencias y la prontitud del casamiento. Y por ello quiero hacerles un breve resumen de lo que ha sido el proceso hasta el día de la fecha.
Como muchos saben, la decisión de venir a Paraguay no fue mía. En el mundo de la cooperación uno tiene apenas margen de decisión para saber en donde plantará su hogar por los siguientes meses o años. De hecho, me enteré un día, de repente, mientras comía en el restaurante de mi compadre Yeray, sobre el 5 de abril de este año, aproximadamente. En aquella ocasión, la responsable de delegados me dijo que me venía a Paraguay un año. Como saben, yo venía esperando esa ocasión desde hacía entonces más de ocho meses, y me tomé la noticia con la prudencia necesaria para no desilusionarme en el caso de que aquello no fuera más que una falsa alarma. No lo fue, y en cuestión de una semana estaba saliendo para Madrid a prepararme en una secuencia de cursos y briefings que me dolieron en los párpados.
Sin embargo, en esa semana que aún pude disfrutar de mi isla y mis amigos, ocurrió algo mágico. En una corta despedida, en el mismo restaurante de mi compadre, el Bandera (en Meloneras), para más señas, me tomaba una copa con un amigo que no recuerdo bien quien era. Lo cierto es que al acabarla, le dije que nos iríamos a tomar la siguiente en el Black Out (un bar aledaño, que regenta un compañero cubano llamado Boris, novio de Vanina, una buena amiga Argentina). Realmente no se por qué me decidí por ese bar en ese momento, pero mi fijación era inquebrantable.
Así lo hicimos. Al entrar en el bar, ciertamente Vanina estaba en uno de los rincones, con varios amigos. Entre ellos dos chicas, una morena, rubia la otra, y sobre el sillón, dormida, una niña de cinco años. Se presentaron como Raquel y Maria Rosa (la pequeña durmiente era Valentina, la hija de la segunda). Es ese momento Vanina explicó que yo me iría a Paraguay en cuestión de una semana, y ellas, las dos nuevas amigas, abrieron los ojos con entusiasmo. Resultó que ambas eran Paraguayas y que habían llegado a canarias hacía apenas un mes. El nudo se trenzaba. Allí nos sentamos largo rato a conversar sobre esta tierra y aquella, cambiamos pareceres, me dieron apoyo y una información valiosísima para mi viaje, y me hablaron de su amiga Jorgelina.
Jorgelina, en aquel entonces no era más que un nombre lanzado al aire, y hoy preparo mi boda con ella. Pero no quiero adelantar los acontecimientos.
Después de varias ocasiones en las que nos vimos esa semana, recibí dibujos, guaraníes para entregar en destino, algún regalo para las familias de Raquel y Maria Rosa, y puse rumbo a Madrid. Allí, nada que contar sucedió. Reuniones, cursos, preparación para el viaje. Un cúmulo de acontecimientos que duraron tal vez unas dos o tres semanas.
El 25 de abril de 2008 puse por primera vez mis pies en Paraguay. Era un día agradable, no hacía ni frío ni calor, cero grados, como alguien diría. Fui recibido por la contraparte local, invitado a almorzar y luego, llevado al hotel, en donde descansé a pierna suelta. Al día siguiente, recibí una llamada. Al levantar el teléfono, escuché una voz dulce, de leve acento argentino, tímida diría, que se presentó como Jorgelina. Yo estaba solo en Paraguay, ávido de conocer gente nueva, así que la invité a ella y a Diego, el hermano de Raquel, que luego me llamó también, a tomar una cerveza y conocernos. Quedamos a las 10.30 de la noche.
Cuando salí del hotel, ya el coche de Diego estaba esperándome, con las dos ruedas de la izquierda montadas sobre la acera. En Paraguay es costumbre que todos los vehículos tengan los cristales tintados (una forma bastante efectiva de combatir el calor del verano), lo que provocó que no pudiera ver a nadie desde afuera. Sí reconocí a Diego, empero, porque al verme (le habían dicho que me parecía al Che, que cosas tiene la gente) abrió su ventana y me hizo gestos para que subiera. Así lo hice, monté en el coche por la puerta trasera izquierda. Allí noté en la oscuridad que a mi lado había alguien sentado, en frente Diego, a los mandos del vehículo, y a su lado, su mujer. Saludé a todos y miré a mi derecha.
Fue en ese momento cuando vi por primera vez los ojos de Jorgelina. No voy a hacer pedante hablándoles de su belleza y su dulzura porque me matan ustedes y me mata ella, pero sí les puedo decir que esa imagen no se me borrará jamás de la mente. Fue la primera vez que la vi, y ya era eterna. El nudo ya estaba hecho, con la maestría del mismísimo Ned Land, el arponero de Julio Verne que subió (como yo en aquella ocasión) a un vehículo que le cambiaría la vida, en ese momento, el Nautilus.
Esa noche estuvimos hablando hasta muy tarde Jorgelina y yo, conectamos a la perfección. Descubrimos que nos conocíamos ya desde su eternidad y la mía, como llegué a escribir al poco de aquel encuentro. Desde entonces, cada día que he estado en Paraguay ha sido en compañía de este regalo tan de nadie, que me dio la vida, un día cuando decidí entrar en el bar de Boris, o un día cuando decidí seguir la senda de las palabras de la anciana en el bar de la calle Francisco de Sales en Madrid.
Efectivamente, compañeros, han pasado ya más de seis meses desde aquello. Nos hemos visto a diario, vivimos juntos desde hace cinco meses, y cada día todo es mejor que el anterior. Estamos convencidos de que esta es nuestra historia, la que escribimos cada uno uniendo los azares, y las causas de la vida.
Por eso, el día 28 de noviembre de 2008 me casaré con ella. No hay prisas cuando la voz de la prudencia de guía los segundos. Cada cosa está yendo a su ritmo.
Gracias a la vida, gracias a ustedes amigos míos
Reciban mi abrazo y mi sonrisa siempre.
Narwhal Tabarca.
“sigo viviendo la vida que quiero vivir” -gracias Ana, donde quiera que estés-
Queridos amigos,
quizá hasta ahora no haya tenido tiempo de darme cuenta aún en dónde estoy y qué supone todo esto. Cuando uno viaja, la adaptación interior no va al mismo tiempo que la corporal. Sin embargo, en este caso ha sucedido. En ocasiones pienso y me da la sensación de que llevo aquí meses o años; y en otras ocasiones, el encuentro cultural me da en las narices y me hace darme cuenta de que en todas partes hay costumbres bien distintas a las mías. Es cierto, y pongo un ejemplo para hacer más gráfico el tema. El miércoles pasado estaba trabajando en la oficina, con todo el personal local. Serían las dos, aproximadamente, cuando todos recogieron sus cosas y empezaron a meterme prisas para que yo hiciera lo mismo. No tuve inconveniente, aquello me generaba curiosidad. Así que recogí todo los mío y les seguí. Yo ya me había dado cuenta, durante la mañana, que todos vestían de otra guisa. Con un toque de elegancia y distinción, diría. Perfumados, y maquilladas ellas.
Cuando salí de la oficina, casi en volandas, me metieron en un coche. El destino era un restaurante de lujo en la calle Jorge Bergés. Obviamente estaban celebrando algo, aunque no había adivinado aún el qué. Efectivamente, cuando entré en el restaurante, todo el mundo comenzó a felicitarme. Yo sonreía y daba las gracias sin entender cuales habían sido mis méritos. Pero Ay!, desde la mudez de mi incomprensión observé, y entonces comencé a darme cuenta de que no era yo el único agasajado! todos se felicitaban mutuamente. Procuré ganar el tiempo perdido, hice lo propio, comencé a felicitar a diestro y siniestro y me di cuenta de que mi gesto era bienvenido.
Por un momento llegué a pensar que se había adelantado la navidad. Que aquella costumbre sería algo así como una cena de invierno como las que hacemos en España por las fiestas estivales. Y no me equivocaba. El motivo: el día del trabajador. Cuando me di cuenta, además de respirar aliviado, reí en silencio.
Así es, un detalle tonto en un día cualquiera. Un detalle tonto, que subestimarlo sería imprudente. Es así, de a poco, como va entrando un país entre las venas, con calma, con sosiego, con pequeños descuadres en la conciliación de nuestra cuenta emocional.
Así es el paraguayo que he conocido hasta el día de hoy: hospitalario y expontáneo. Da la sensación de que todos tienen algo que hacer, y todos saben bien cómo hacer lo que deben. Esta foto en la que salgo de espaldas se trata de una visita que hice a una comunidad en un lugar llamado Mariano Roque Alonso. No se aprecia, pero a la izquierda de mi compañera hay unas escalinatas escarbadas en la roca con una pendiente impresionante. Por ahí tuvimos que descender para llegar a la comunidad, en medio de esa mata de vegetación preciosa que se ve a mis pies. Hasta cuarenta viviendas se pueden encontrar por el camino que va acompañado por un riachuelo y varios cerdos durmiendo o paseando plácidamente. Un paraje realmente bello y tremendamente insalubre cuando a dengue, fiebre amarilla o malaria se refiere. Es sabido que los mosquitos ponen sus criaderos en las aguas estancadas, pero no pensemos en grandes lagos ni reservorios, antes bien, cualquier charco, sea dentro de un neumático o en las canaletas de drenaje de la lluvia en los techos de las casas, pueden convertirse en perfectas mansiones para estos insectos de la muerte.
Y en esta foto les muestro algunas de las personas por las que decidí un día hacer lo que hago. Estar entre los más defavorecidos me hace feliz. Qué gran máxima esta de la de aliviar el sufrimiento ajeno.
Desde Asunción, les mando mi abrazo y la más satisfecha de las sonrisas.
Narwhal Tabarca.
Queridos amigos,
Esta semana he estado de viaje. Tenerife, el Hierro y la Gomera fueron mis destinos. Y no quería dejar pasar esta ocasión sin hacerle un comentario a la isla redonda. Desde que desembarqué en la Gomera se apoderó de mí aquel silencio que solo nos roba el alma cuando la entrega al paisaje. Creo estar explicándome. Cuando Lorca vio el río de la Plata en Buenos Aires, cuentan que le embargó este mismo silencio. El paisaje casi selvático de las mejores épocas de las Islas Canarias, aquel que tanto imaginé cuando me sentaba a los pies de la Fortaleza de Ansite en mi querido barranco de Tirajana, el paisaje muerto que agonizaba en los relatos de los historiadores medievales sobre unas islas paradisíacas, plagadas de afluentes, de frondosos bosques de laurisilvas y palmerales, todo aquello que creí pasado se me mostró con un presente irremediable. Abrazada por la niebla, bañada por la pureza de un rocío fresco y agradable, recorrí parte del Garajonay. Había escuchado hablar mucho de este sítio pero nunca imaginé que se podrían seferrir a tamaña belleza. Una inexplicable explosión de olores y colores se me adentró en la piel. Todo cuanto alcanzaba mi vista era verde, marrón, blanquecino por las nubes que humedecían mis manos y mi espalda, y allá donde no alcanzaba la vista parecía más verde aún. La Pacha-Mama reposa en aquellos barrancos, largos y afilados como dedos de un pianista. La vegetación mostraba un sutil e inmerecido respeto hacia el hombre, las carreteras estaban techadas por los brazos de los árboles que sudaban un goterío de cristales fríos sobre su piel de asfalto y laja.
Dicen que las sirenas encantaban a los hombres con sus cantos hasta volverles locos. Algo de ellas dejó Hércules cuando fue a buscar las manzanas de oro en este indescriptible jardín de las Hespérides. Aún resuenan sus cantos en mi mente, me reclaman que vuelva para mi perdición y la suya. La Gomera, la isla de la belleza salvaje y cariñosa me hizo prometerle mi regreso. Cumpliré mi palabra.
Un abrazo, una sonrisa,
Narwhal Tabarca